Saturnino García tiene 91 años y una energía para tumbar a varios jóvenes. El actor, que llegó al cine en la década de los 80 ya siendo un veterano tras años haciendo teatro, ha tenido tiempo de sobra para ponerse a las órdenes de nombres como José Luis Cuerda, Álex de la Iglesia, Pablo Berger, Rodrigo Sorogoyen, Carlos Saura, Enrique Urbizu, Díaz Yanes... Y lo que le queda. Porque la edad no le frena y, si por él fuera, no pararía de realizar un trabajo que, dice, le llena de vida el alma y la cabeza de tareas. «Se me va algún nombre pero de los textos no se me olvida ni una palabra», dice el intérprete, que este viernes estrena en las salas de cine de toda España 'Dos días', que ganó el premio del Público en el Festival de Málaga. En 'Dos días', bajo la dirección y el guion de Gonzaga Manso, Saturnino da vida al abuelo de una multitudinaria familia gallega al que las hijas atosigan para que se cuide y los nietos quieren con desdén y distancia. Hasta que él, veterano pero no impedido, decide que se va a dar un paseo en barca como siempre ha hecho. –A los 91 años, ¿por qué se animó usted a aceptar este papel que le toca tan de cerca? –Pues hombre, porque era muy fácil. Era un papel que hubiera trazado yo de forma caprichosa, por lo tanto no cabía la menor duda. Es de esos papeles en los que parece que el sastre te ha cortado el traje a la medida. –Usted es un hombre de teatro, comenzó en las tablas. ¿Le llena más el cine que el teatro a estas alturas de la vida? –No, me siguen llenando igual. Incluso, efectivamente, yo empecé en el teatro porque era lo que tenía más a la mano en el ambiente de aficionados. Aunque hacíamos teatro y cobrábamos una entrada, no dejábamos de ser aficionados; de esos grupos que tanto proliferaban allá en los años sesenta, de los cuales algunos integrantes y personajes son hoy famosísimos y siguen en la profesión, como algunos catalanes. Yo era de una aldea, pero estaba en un grupo famoso de Bilbao; éramos aficionados al teatro, que es como aficionarse más bien a la cultura. Ahora bien, el alternar de forma constantemente activa entre el teatro y el cine depende de los caracteres de cada actor. Hay actores que son verdaderas estrellas en el teatro y apenas han hecho cine porque, por lo que sea, no encajan o no lo dominan igual. Y al revés: hay actores de cine muy importantes que en el teatro tampoco se comen una rosca. Luego estamos los que, en general, ni somos muy grandes en una cosa ni en otra, pero dominamos ambas por igual a base de los años. Tengo muchos años y, claro, a la fuerza acumulas mucho currículum. –Ni su personaje ni usted tienen pinta de tirar la toalla. ¿Trabajar y estar activo es su manera de llenarse de vida? ¿No piensa en la jubilación? –Se ve que somos iguales el personaje y yo; no entregamos la cuchara hasta que la entreguemos de verdad. En Bilbao, donde son muy humorísticos, antiguamente se decía mucho lo de «entregar la cuchara» para referirse a la muerte. No le quepa duda de que el trabajo es, efectivamente, vida. Decía Albert Camus —yo lo pronuncio en castellano— que si no tuviéramos que trabajar para alimentarnos o para sostener la vida, trabajaríamos igual, porque ¿qué va a hacer uno en este mundo? Yo ahora mismo, hasta que me han llamado para esta entrevista, estaba ocupado con mis lecturas. Respondiendo concretamente a su pregunta: cuando un trabajo es grato y de tipo artístico, es una delicia. Aquí casi no tienes jefes. Si en un trabajo de otro tipo tienes un jefe bueno, el trabajo es muy grato; si tienes un jefe gilipollas, tiene más sacrificio el tener que soportarle a él que la tarea que hay que hacer. Pero el trabajo de actor es grato, es una cosa de juego. No hay ningún oficio que tenga más aficionados que este porque es divertido y de mucho recreo. –¿Siempre fue así? –Antiguamente las cosas eran distintas, este mundo de ahora mejor ni comentarlo porque no se entiende. Antes, en cualquier pueblo, incluso en mi aldea, recuerdo de niño que los mozos en invierno, cuando había menos tareas en el campo, hacían un par de comedias dirigidas por el maestro o por el cura. El oficio de actor siempre ha sido algo que hacía todo ser nacido. Ahora eso ha cambiado mucho; los jóvenes están con el móvil, es otro mundo y quizás vaya para peor, no se entiende. –Hablando de los equipos de rodaje actuales, ¿cómo le tratan los compañeros más jóvenes? ¿Le integran como a uno más o existe un exceso de celo o de condescendencia con los mayores? –La gente de hoy es muy meliflua. ¿Por qué? Porque a la vez es muy inhibida, no se compromete con nada y entonces lo compensa con mucha mentecatez y mucha melifluidad al tratar al abuelo. Le tratan a uno así porque no tienen capacidad de discernimiento y sienten que hay que andar exhibiendo constantemente un «te quiero, te quiero». Y no solo con los abuelos; en la vida diaria a veces ven que te tropiezas un poquito y se asustan como si te fueses a matar, pero a lo mejor si te caes de verdad, para no comprometerse, se van y te dejan ahí tirado. Ahora hay mucha mediocridad y espíritus muy flojos. Naturalmente, en esta película se ve que al abuelo le pastorean mucho; como dice la madre cuando les habla a las hijas: «Lo tenéis aburrido». Es una forma de quererle, pero de quererle con las pamplinas que existen hoy en día, no desde la cultura como debía ser y como se hacía en otro tiempo. –Al hilo de esto, recuerdo haberle leído una frase en una entrevista durante el Festival de Málaga donde afirmaba que «el respeto al viejo por ser viejo es una falta de respeto en sí misma»... –Sí, naturalmente. El respeto con ese adjetivo sobreañadido es negativo. Recuerdo un programa de Jesús Quintero que hablaba de la tolerancia y de ser tolerante. Si me respetan solo por mi edad, están cayendo en una falta de amor, de empatía y de respeto real. No me tiene usted que respetar por la edad si estoy siendo un gilipollas; si es así, dígame: «No sea gilipollas, abuelo». Pero como dije antes, ahora la gente es muy inhibida, no se quiere meter en nada y solo busca hacer el melifluo y la pamplina, que es una palabra que se está perdiendo también. Si observan que asumir una ayuda real va a ser muy comprometido, a lo mejor se rezagan y te quedas solo hasta que venga un alma valiente. –¿Qué cree usted que pueden pensar los jóvenes cuando vean la película y el personaje que ha construido? – Mire, en las dos funciones que yo he visto con público no se veían muchos jóvenes. No me da a mí la impresión de que sea una película enfocada para la juventud, pero me deja usted con una incógnita muy interesada en observar ese detalle. –Al ser un actor tan veterano, es inevitable que coincida con directores muy jóvenes que quizá no conozcan toda su trayectoria de primera mano. ¿Cómo lleva el tener que enfrentarse a procesos de casting a estas alturas? –No tienes más remedio, hay que entenderlo así. Siempre hay jóvenes que no te conocen. Estos mismos meses atrás hice una película en Barcelona cuyo casting se gestionó aquí en Madrid; en este caso, la prueba me la hizo el director de la película directamente. Son chicos jóvenes que hacen su primera película y, por lógica de la diferencia de edad y de estar en épocas distintas, no caen en quién eres, aunque a lo mejor les hayan dado la idea de contratarme. Si hablamos de Álex de la Iglesia, o años atrás de José Luis Cuerda, que murió ya hace tiempo, me conocen muy bien y no perdían el tiempo en hacerme un casting. Yo compartí papel con Fernando Rey en una serie, y con Fernando Fernán Gómez hice dos películas y una obra de teatro suya, no dirigida por él, pero sí un texto suyo. Con los directores jóvenes, en cambio, aceptas la situación por pura lógica generacional. –En la película hay una línea de diálogo que asegura que, dentro de dos siglos, la gente joven solo se acordará de Franco y de Schwarzenegger. ¿Le preocupa cómo nos recordará el futuro o el legado que dejamos? –(Se ríe con ganas) Sí, pues puede que sea así, efectivamente. Hay tantas cosas... Usted y yo sabemos, porque lo descubrimos muchas veces en las lecturas, que existen personajes maravillosos que están totalmente olvidados, mientras que a otros con menos méritos se les recuerda. La vida tiene muchos cursos y sigue adelante, pero va cambiando de dirección; unas sociedades recuperan a un autor y otras te lo dejan arruinado. Es así. En la eternidad nos conoceremos todos y allí será donde nos recordaremos, si es que eso es así. Ahora mismo tengo a la mano un libro con el que me entretengo un poco, titulado 'Dios, la ciencia, las pruebas'. Me ha chocado mucho cómo al final hace un resumen de cien científicos de lo más internacional; todos ellos saben de todo, de las galaxias y de la ciencia, pero en cuanto a Dios, ninguno sabe nada. Pues allá quedaremos todos y allí nos recordaremos. –¿Qué proyectos tiene en el horizonte? –Tengo por ahí a dos amigos que andan con deseos de hacer una película conmigo, pero como para esto del cine hace falta dinero, esa es la leche; estamos en ello. Mientras tanto, de cuando en cuando me entretengo con espectáculos de teatro propios, de tipo monólogo. Bueno, son monólogos porque al fin y al cabo los hace uno solo sobre el escenario. Hace un mes y pico fui a Bilbao con el que tengo actualmente en cartel. De vez en cuando hago este teatro porque me gusta, aunque hace tiempo que no tengo el disfrute de estar en el reparto de una comedia buena o de un drama con una compañía en condiciones. En estos espectáculos míos domino muy bien el verso, o al menos eso parece, así que preparo unos textos y unos contextos que voy ligando con poemas adecuados de autores importantes. Es un espectáculo de una hora de duración, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno. Con eso me festejo un poco, pongo la cabeza a funcionar, saco el proyecto adelante, giro por ahí a interpretarlo y, de paso, mantengo la memoria activa y entrenada. Eso es lo que hago.