Lo confieso. Yo también caí en la ola populista que irrumpió en España hace dieciséis años: el mourinhismo. Ávido de un rayo de luz en la oscuridad, ante un Real Madrid que vagaba por la Champions cayendo con más pena que gloria en octavos de final, la situación era desesperada. Entonces, lo fiamos todo a la disciplina castrense, a un general que curtiese a los muchachos para un sinfín de batallas. Contra todo y contra todos. Ahora, la tentación es enorme, qué duda cabe. Dos años con las vitrinas del Bernabéu amontonando polvo, un vestuario en implosión, las dos estrellas del equipo con el ego desbocado… «¡Hace falta alguien que les ponga a correr!». La frase, entre bolsa de pipas y pañolada, se asoma siempre que vienen mal dadas en un club acostumbrado y obligado al éxito. Pero, ¡ay, amigos!, ahí aparece el primer rasgo del populismo: soluciones simples a problemas complejos. Reducir la situación deportiva de este Madrid a la falta de firmeza en el banquillo resulta naíf. Casi tanto como –segunda señal de alerta– buscar enemigos, internos y externos, que justifiquen el fracaso propio. Ahí caben «los malos» del Madrid, los árbitros, que nos han robado nada menos que dieciocho puntos, y por supuesto una confabulación de periodistas que quieren dirigir el club sin presentarse a las elecciones. Porque hombre, asumir que se ha abandonado la parcela deportiva en los últimos años, que el nivel de la plantilla no es el de antaño y que las decisiones directivas esta temporada han sido cuanto menos cuestionables, todo eso, está de más. Gracias a entrenadores que no eran precisamente sargentos, como Ancelotti y Zidane, liberales que dejaban jugar a quienes mejor sabían, los jugadores, hoy el fatídico 5-0, el de la manita de Piqué, es solo un triste y lejano recuerdo al que siguieron seis Copas de Europa. Aquella goleada, que no vi terminar por impotencia –raro en mí–, fue con Mourinho. Pero ante la tesitura de asumir la enorme superioridad que tenía entonces el eterno rival, me entregué. La culpa de los males de aquel Madrid era de la UEFA, de los árbitros y de Unicef, que también recibió. El ataque a las instituciones, otro síntoma inequívoco. Y como antagonistas secundarios estaban los compañeros de filas que filtraban información a la prensa –¿les suena?– y los que se negaban a retirarle la palabra a los adversarios con los que después compartían la rojigualda. A Mourinho, en esta vida no hay que ser desagradecido, debe reconocérsele el mérito de la Liga de los 100 puntos. Una máquina bien engrasada que divertía, a golpe de contraataques de vértigo, con la friolera de 121 goles. Pero llegaban los partidos grandes y el equipo se achicaba. Contra el Barça se acomplejaba hasta el punto de que ganarle una final de Copa del Rey con un solitario gol en la prórroga resultaba toda una proeza. Y contra el Bayern Múnich, en las semis de Champions, el lugar al que devolvió al Madrid, cuando lo tenía en la lona, pecó de conservadurismo y se conformó con una tanda de penaltis en la que salió cruz. Pero del mourinhismo se sale. Y cuando llegaron la décima, y la undécima, y la duodécima, y la decimotercera, y la decimocuarta, la de las remontadas, y la decimoquinta, las excusas del pasado quedaron en eso: en pretextos de mal perdedor. Y el populismo, reducido a unas cenizas de las que ahora quiere resurgir. Así que, si se me permite la paráfrasis, Mourinho de entrada no.