El dolor de no haber sido nunca el favorito
Nunca fui el favorito. Ni de mi familia ni en la escuela o el colegio. No hubo nunca un lugar que me prefiriera de manera especial. No recuerdo haber sentido jamás el privilegio de ser elegido. Ni cuando los niños cuadraban sus flamantes equipos para el fútbol de barrio, ni cuando el profesor de Música hacía audiciones para el coro de la escuela. Ahora comprendo que hacían lo correcto si querían que el equipo ganara o que el coro sonara aceptablemente afinado.
No parece que yo haya destacado en alguna cosa específica en toda mi infancia. Mucho menos en la violenta adolescencia, esa especie de guerra vital que discurre entre la entrega absoluta y el descalabro emocional.
Debe ser por eso que considero milagroso cuando alguien elige leerme. Aunque soy completamente consciente de que la mayor parte del tiempo no me están eligiendo a mí, sino a mi libro, a la portada o a la necesidad de inmiscuirse en cierta historia prometida en la contraportada. Sospecho que es una forma de ser elegido. Ser el favorito por un instante.
Con los libros que leo, sucede algo todavía más intenso. Cuando leo, siento que el libro me ha elegido a mí, que soy su lector favorito. No del autor, no de esa edición en general, sino de ese libro específico que tengo entre las manos. Hay una sensación de exclusividad, una cierta probabilidad de que ese libro específico no sea leído nunca por nadie más. Y si así fuera, ese otro lector encontraría mis notas, mis rayones, mis emociones y, entonces, ese libro ya no sería aquel. Sería otro, diría otras cosas, hablaría de mí, hablaría de nosotros dos.
No sé por qué todo ser humano tiene una necesidad innata de ser elegido, un anhelo nostálgico de ser abrazado por algo. Incluso creo que cada persona tiene, en mayor o menor medida, un “dolor de lejanía”, la nostalgia de un lugar donde nunca se estuvo, un sitio de acogida, de recepción en plenitud que no conoce, pero que extraña como si viniera de ahí. Y siente nostalgia (dolor) porque sabe que no ha estado y jamás estará ahí. Y no es un deseo insano, no siempre. Tampoco prima el ego ni el orgullo. Es una ensoñación que no nace de la maldad, de la apropiación o del desprecio de otros. De alguna manera, esa “casa anhelada” puede alcanzarse sin total exclusividad. Esa orfandad admitiría una pluralidad de fratres, de hermanos y de sorores, hermanas.
Me siento cómodo con la gente que viste camisas que parecen bostezar alrededor de sus cuellos, o esa gente que lleva medias con transparencias en el talón en una evidente señal de desgaste. Me dan confianza. Imagino que son personas estables y fieles, que no van cambiando de un deseo al otro como una rana busca siempre una mejor piedra para tomar el sol. Me da la sensación de que son fieles a lo que, con el tiempo, ya no parece tan impresionante, tan llamativo, tan caro o caché. Esa gente me cae bien. Creo que es gente satisfecha –en el sentido más literal de la palabra: haber hecho suficiente–, es decir, que se siente completa, que sabe que lo que tiene es suficiente para ser feliz.
Tengo un amigo catalán al que he visitado por años. Antes de que me fuera fácil moverme por mí mismo en Barcelona, él venía por mí al aeropuerto de El Prat. Una vez, para nuestra luna de miel, Laura y yo pasamos por la capital catalana y él nos vino a recoger. Antes de salir del avión, lancé una profecía que debía verificarse solo unos minutos después. Predije, con total precisión, qué pantalón y qué chaqueta llevaría puestos mi amigo. Laura no me creyó, pero ella misma reconoció al personaje al encontrar mi descripción exacta en alguien que aguardaba entre la multitud. No es pobreza –mi amigo catalán puede dormir tranquilo el resto de su vida–, es una forma de vida que me hace sentir confiado, cómodo, acogido. Creo que es en esa especie de discreta suficiencia que empiezo a entender algo.
La exclusividad no es un balcón elevado desde el cual uno mira a los demás hacia abajo, ni una sala VIP llena de nombres ruidosos, ni un distintivo que separa y jerarquiza. La verdadera exclusividad, la única que no se pudre, tiene más que ver con la humildad que con la ostentación. Es el misterio silencioso de ser elegido sin saber muy bien por qué, de ser acogido sin espectáculo, de ser visto sin necesidad de brillar. No es pertenecer a los pocos, sino saberse recibido en lo hondo de la vida.
Ser elegido, al final, no es entrar a un lugar donde otros no pueden pasar. Es descubrir, con una mezcla de asombro y gratitud, que ya había un lugar para uno –pequeño, quizá invisible– y que bastaba con habitarlo.
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Jose Chacón es escritor.