Malú: «La vida me ha enseñado mucho más que la música»
«Quince» es el decimocuarto disco de estudio de Malú en 28 años de carrera y del que ella misma escribe en el cuadernillo que lo acompaña: «He ido aprendiendo a curar mis cicatrices y a quererme cada día un poco más. A agradecer de corazón todo lo bueno y todo lo malo que me ha traído hasta aquí. Eso es para mí este “Quince”, este álbum de número mágico que me devuelve a la niña. Que me reconcilia con la mujer que soy. Y ahora sí, volvamos a empezar con la ilusión de la primera vez». En la nota de prensa se habla de «su disco más personal», una frase, le digo a la artista madrileña, casi recurrente cuando se presenta un nuevo trabajo. ¿Este realmente lo es? ¿Y por qué? «Es mi disco más personal –asiente– porque es en el que he trabajado sin ninguna máscara. Digamos que la última capa de máscara me la quito aquí. Con 15 años, cuando empecé a trabajar, era pequeña, insegura, vulnerable, tímida… Tuve que ir creando un personaje para que me ayudara con todo lo que debía hacer sin tener ni idea de nada. Durante todo este tiempo he ido con mi personaje por bandera y tratando siempre de cubrir todo lo demás. Y hay un momento en el que tienes la necesidad de soltar el control y todo aquello que por un lado te protegía, pero por otro te generaba mucha ansiedad. Este disco se hace desde la absoluta calma y con la seguridad de ser yo misma, rompiendo barreras y complejos».
Ninguna de las 11 canciones de «Quince» ha sido compuesta por ella sino por distintos autores, entre los que figuran algunas estrellas de la canción como Luis Fonsi, Vanesa Martín y Pablo Alborán. Son temas de desamor que Malú ha logrado hacer enteramente suyos. ¿Acaso les marcó directrices para que estuvieran en sintonía con su estado emocional? «Ellos –concede– han sido absolutos traductores, maravillosos, de mis emociones, que creo que es la parte más complicada. El saber traducir la emoción, el alma, el dolor, lo que es esa persona y cómo se siente. Me han hecho los mayores regalos de mi vida porque han podido plasmar en belleza lo que en algunos momentos duele y, también, la fase por la que estoy pasando ahora, y eso hace que sea un disco tan especial y que tenga esa armonía emocional. Y hay un estado anímico, si te fijas, que es de paz y de bienestar. En el disco no hablo del dolor desde el ahogo ni desde la angustia, no, hablo del dolor pasado desde la orilla de la paz».
«Me ha encantado ir aprendiendo por mí misma y partiéndome la boca en cada esquina»
Le pregunto si quien detecte cierto ánimo de «vendetta» en alguno de los versos del disco, puesto que hay alusiones al engaño, se va a equivocar: «La idea del engaño es algo con lo que convivimos diariamente todos –reflexiona–. Creo que no es en un tono de vendetta, en ningún momento es desde ahí, es desde el lugar de “mira lo que ha pasado y me siento bien”. Te lo cuento, pero ya desde esta orilla. No pretendo vengarme de ti, solamente quiero contar mi historia. Todo forma parte del aprendizaje. Todas las cosas que vamos viviendo nos van enseñando. Yo he sido de las que me ha encantado ir aprendiendo por mí misma y partiéndome la boca en cada esquina y resbalándome cuando me tenía que resbalar. Quizá no hubiera alcanzado este lugar emocional si no hubiese pasado por todas esas cosas. Soy de esas personas que aprenden dándose hostias. Y sí, creo que te puedes arrepentir de muchas cosas en la vida, yo lo hago, pero si no las hubiera hecho no estaría ahora mismo aquí, no sería quien soy y no tendría la paz ni la personalidad que tengo. ¿Y qué sería del arte si todo fuera bonito? Para poder hacer este disco –prosigue– me decían: “Pero ¿qué es lo que quieres contar?”. Y yo respondía que no lo sabía, que era la primera vez en mi vida que estaba trabajando con semejante estado de paz y felicidad. Yo sé contarte mi dolor, sé desgarrarme, y ahora que me siento tan bien, ¿cómo lo cuento, cómo lo enfoco? He tenido que encontrar otro camino para poderlo contar sin que suene ni a reproche ni a pena, porque ya estoy en otra pantalla». Tras casi tres décadas de carrera, ¿qué le ha enseñado más, la música o la vida? ¿O en su caso son indisociables? «Es muy difícil disociarlas, porque yo empiezo a vivir prácticamente en la música. Pero a mí la vida me ha enseñado mucho más que la música. He aprendido a vivir con la música de la mano y a través de ella, con ella, pero es verdad que, al final, donde aprendes, donde te caes, donde te levantas y donde intentas convertirte en ti es en la vida».
La tele que humaniza
Hay una parte importante del público de Malú que procede de la televisión, ¿su sentimiento hacia ese medio es de gratitud? «Mucho. Cuando arrancó ese formato –“La Voz”– los artistas teníamos mucho miedo porque era algo que no se había hecho todavía, era muy novedoso. Los músicos no estamos acostumbrados a exponernos de esa forma, y eso podía humanizarnos o destrozarnos. Es lo del famoso síndrome del impostor, que tú no sabes si lo que les gusta de ti, lo que conocen, ya es suficiente, y te dices: a ver si ahora me van a ver en esencia y van a decir, uf, qué horror. Eso es muy difícil de gestionar. En “La Voz” fuimos cuatro valientes que nos metimos ahí, y salió bien. La gente tenía necesidad de conocernos, de conocer al personaje, y nosotros nos dimos cuenta de que era una parte muy bonita de convivencia entre nosotros. Los músicos siempre vamos solos, no compartimos escenarios, y eso nos llevó a convivir y ahí empieza un aluvión de duetos y de otras cosas porque te das cuenta de que te gusta ir acompañado».
«Llevo 28 años en la música, bastante más de la mitad de mi vida, y el ser más o menos conocida ya forma parte de mi ADN»
Más allá de que para los artistas la parte menos grata de la fama se da cuando se ven en los papeles y en las teles por algo que no tiene que ver con un su trabajo, ¿cómo se lleva Malú con la popularidad a estas alturas? «Llevo 28 años en la música, bastante más de la mitad de mi vida, y el ser más o menos conocida ya forma parte de mi ADN. Tengo la suerte de que se me respeta como artista y como persona y siempre me han tratado con mucho cariño. Y es verdad que cuando te ves expuesto por algo que no tiene nada que ver con aquello a lo que te dedicas, cuando es algo, además, que tú siempre has preservado, por mi forma de ser, por mi timidez y por cómo me gusta a mí hacer las cosas, es duro y frustrante, porque la única defensa que tienes es para contigo. Autoprotegerte, echarte a un lado y no entrar en una guerra. Porque sabes que es algo que hace mucho ruido durante un tiempo, pero luego ese ruido pasa», concluye.
María Lucía
Por Javier Menéndez Flores
En El Rinconcillo la infancia se apeó de la rueda loca y allí sigue, inmune al óxido de los días y a las garras de la edad adulta. María Lucía solo tiene que pisar esa playa para verse a sí misma inventando castillos de arena y echándole carreras a José frente a un mar que es principio y final de todo. La felicidad absoluta, sin matices ni componendas, tiene el rostro de esos veranos salvajes y extensísimos y de ese desasirse de cualquier cosa que no fuera llorar de risa. Aquella figura menuda, que se ponía de puntillas para que el cielo le acariciase la cara, nada sabía aún de la turbadora luz de los focos, pero el sol no la abandonaba ni un segundo.
Te hablo de cuando los dedos de Paco, el mayor genio que han visto tus ojos y sentido tus brazos, eran guepardos, y de los días en que Pepe y Pepi cantaban casi con la misma frecuencia con la que respiraban o reían o te besaban. La vida era entonces un escenario en potencia y una promesa de arte a cada instante. Los años te han podido empujar a otros sonidos, a otros géneros, a otras latitudes musicales, pero siempre regresas, como el viajero que vuelve a casa, a la guarida del flamenco, pues esa es la fragua de la que procedes y de la que extraes el fuego necesario para no perder jamás el norte.
Han pasado varios siglos y un solo segundo desde que cumpliste los 15, esa edad fascinante y doliente, cuando subida a Fungor Star, tu caballo, tu primer amor, demostrabas que mentían quienes aseguran que volar si no tienes alas es imposible. Y sin apenas darse cuenta, desde la emoción del aprendiz, la niña que contemplaba cada día los rostros de Bon Jovi, David Summers y Bryan Adams fue ascendiendo peldaños de dos en tres, propulsada por una mezcla de inocencia, osadía y viento favorable. Y gracias a los discos y a las giras, a la varita mágica de la tele que hermana y al sudor diario, se fueron sucediendo los premios y los reconocimientos, la recompensa del público rendido, el Palacio de los Deportes como una segunda casa, por más que el espejo no siempre te mostrase aquello que tú deseabas ver.
Siete noches en Las Ventas, cargadas de licencias, de apuestas, de canciones que sonaban por vez primera fuera de las paredes de un disco, son siete noches en el paraíso. Puesto que hay viajes hacia dentro que te llevan mucho más lejos de lo que nunca antes habías llegado. Hacer lo que uno quiere y como quiere es uno de los privilegios de la nobleza del pop, de ser tu jefa, y ahí entra cantar como les cantarías a los amigos en la cocina o en el jardín de casa. Una conquista, en fin, un premio mayúsculo.
La vida tiene temperaturas diversas y puede ser y ha sido, de hecho, muchas cosas, pero es ahora cuando notas que eres tú quien agarra las riendas. Y esa sensación, tan nueva y estupefaciente, te despega del suelo y te sopla al oído que todo el camino andado valió la pena. El triunfo ensancha e ilumina, pero también aturde y no enseña nada en absoluto. Solo de los traspiés y de los reveses, de los golpes que duelen y laceran el orgullo, se aprende, y tú de eso algo sabes.
Suena «Have you ever really loved a woman?» o «Zyryab» y se desata un terremoto en la piel y en el pecho. Qué música la de antes, qué belleza, qué poderío. Hubo un tiempo, cuando el rock y el pop más excitantes y el flamenco sin postureo sonaban en las radios y lucían en las desaparecidas tiendas de discos dentro de hermosísimos trajes, en los que era muy fácil proyectar sueños imposibles y lanzarse a conquistarlos. Y tal vez sea ese el mejor modo de espantar los demonios: no separarse nunca de aquella que tanto ansió una meta, de una misma.