Dickens contra Dickens
Hay algo profundamente incómodo en mirar de frente a Dickens sin el filtro de su leyenda. La imagen canónica –el cronista compasivo de la miseria victoriana, el creador de huérfanos inolvidables– se resquebraja en cuanto uno desciende al terreno de los hechos documentados, de los gestos privados y las obsesiones que no buscaban aplausos. Entonces aparece otro Dickens: inquieto, contradictorio, a ratos implacable, y siempre gobernado por una energía casi febril. La escena fundacional no es literaria, sino industrial. En 1824, con 12 años, fue enviado a trabajar a la fábrica de betún Warren’s Blacking, en Hungerford Stairs, mientras su padre cumplía condena por deudas en la Marshalsea. El propio Dickens ocultó durante décadas este episodio, que solo reveló con detalle a su biógrafo John Forster.
No hay aquí romanticismo: el niño etiquetaba botellas durante jornadas extenuantes rodeado de ratas, convencido de haber sido abandonado. Esa herida –documentada en testimonios directos– no solo alimenta la creación de personajes como David Copperfield; también explica una constante biográfica menos celebrada: la necesidad obsesiva de control. No volvió a tolerar la sensación de depender de otros.
Esa pulsión se manifiesta de manera casi obsesiva en su relación con la ciudad. Según su correspondencia y textos como «Night Walks», recorría Londres durante horas, especialmente de noche, atravesando barrios marginales, hospitales y comisarías. Era una forma de insomnio activo. En esos escritos describe cómo la ciudad parecía adquirir una presencia casi viva en la oscuridad. Estos vagabundeos no eran un capricho bohemio, sino una práctica constante que modeló su mirada narrativa y su extraordinaria capacidad para captar tipos humanos con precisión.
Separación escandalosa
Pero su empatía pública convivía con zonas de sombra más difíciles de encajar en el retrato heroico. Su matrimonio con Catherine Hogarth, con quien tuvo diez hijos, terminó en una separación escandalosa en 1858. Publicó una declaración en la Prensa para justificar su conducta, aludiendo a una profunda incompatibilidad en la convivencia en términos que muchos contemporáneos consideraron injustos. Paralelamente, mantenía una relación con la actriz Ellen Ternan, mucho más joven que él, cuya existencia, hoy ampliamente aceptada por los historiadores, fue mantenida en estricta reserva durante años.Hay otro episodio extraordinariamente revelador ocurrido el 9 de junio de 1865: el accidente ferroviario de Staplehurst. Dickens viajaba en un tren que descarriló parcialmente al cruzar un puente en reparación.
Varios vagones cayeron al vacío; el suyo quedó peligrosamente inclinado, pero no se precipitó. Testimonios contemporáneos coinciden en que ayudó a los heridos, improvisando asistencia con los medios disponibles. Más tarde, cuando la situación estuvo controlada, regresó al vagón para recuperar el manuscrito de «Our Mutual Friend». Este detalle, recogido en diversas fuentes, condensa una dualidad fascinante: la compasión inmediata y la conciencia inquebrantable de su obra. Su relación con el público fue igualmente ambivalente. No se limitó a escribir: se convirtió en un fenómeno escénico. Sus lecturas públicas, sobre todo en la década de 1860, eran auténticos espectáculos, con entradas agotadas y una intensidad interpretativa ampliamente descrita por testigos de la época.
Modulaba la voz, encarnaba a cada personaje, provocaba risas y lágrimas en cuestión de segundos. Sin embargo, ese éxito tenía un coste físico severo. Diversos testimonios coinciden en que ignoraba las recomendaciones médicas y continuó actuando pese al deterioro de su salud, sometiéndose a un desgaste extremo. Menos conocida aún es su fascinación por el mesmerismo, una práctica discutida en su tiempo y precursora de la hipnosis. Experimentó en su entorno cercano, intentando aliviar dolencias nerviosas en personas de su círculo, como su cuñada Augusta de la Rue. La correspondencia conservada da cuenta de cada uno de estos intentos. Lo relevante no es tanto la eficacia como lo que revela: el escritor exploraba activamente los límites de la mente y desconfiaba de las respuestas convencionales.
Tampoco fue un sentimentalista ingenuo en su labor social. Su implicación en Urania Cottage, una casa para la rehabilitación de mujeres «caídas», muestra una mezcla compleja de filantropía y disciplina moral. En colaboración con Angela Burdett-Coutts, participó activamente en el diseño y funcionamiento del proyecto. Las cartas conservadas evidencian un enfoque exigente, con normas estrictas sobre conducta, hábitos y reintegración social.
Incluso en el ámbito doméstico, su comportamiento desmentía la imagen apacible. Testimonios de su entorno describen una tendencia constante a reorganizar su espacio, modificar habitaciones, imponer rutinas y controlar el ambiente familiar. La casa debía reflejar un orden que, sin embargo, parecía siempre en construcción. En ello muchos biógrafos han visto un eco de la inseguridad vivida en su infancia.