Madonna reencarnada: metamorfosis en ocho actos
[[LINK:TAG|||tag|||63361bd287d98e3342b2767a|||Madonna]] se nos apareció, antes que nada, como una imagen. Para algunos fue «Like a Virgin»; para otros, «Lucky Star», un vídeo de 1983 que no terminaba de gustar, pero que nadie ignoró. Un fondo blanco, el cuerpo recortado, la mirada directa a cámara... Poco parecía extraordinario, salvo la sensación de que allí había alguien que sabía exactamente lo que hacía, incluso antes de que pudiésemos entenderlo.
En esos comienzos de los ochenta, justo cuando la MTV transformaba la música en imagen, captó antes que casi nadie que el cuerpo pop podía ser un manifiesto. «Like a Virgin» era teatro más que inocencia. «Material Girl», una reflexión sobre la performance, el dinero y la mirada. Al recrear el imaginario de Marilyn Monroe, plano por plano, no la homenajeaba sin más, la desmontaba y jugaba a ser objeto de deseo. Con tal lucidez que acabó moldeando la forma en que debía ser mirada.
En aquel momento nadie podía prever lo que vendría después. Madonna no era todavía la reina del pop, ni una empresaria, ni un campo de batalla cultural. Era una promesa en estado bruto. Una mezcla de dureza post-punk , descaro adolescente y una manera incipiente, todavía sin nombre, de empoderamiento femenino.
A sus fans las llamaban «wannabes», una suerte de «quiero y no puedo». El término era condescendiente, pero no del todo injusto. Aunque imperfecta, queríamos ser como ella porque parecía estar inventándose a sí misma a cada rato. Y esa posibilidad de construirse, de no quedarse nunca quieta el tiempo suficiente como para ser definida, era magnética. Su movimiento constante musical y estético sería, además, su forma máxima de poder.
En 1990, con la gira «Blond Ambition», Madonna dejó de ser una estrella para convertirse en una estructura arquitectónica. Era espectáculo, danza, moda, religión, sexo. El corsé de Jean Paul Gaultier, las coreografías geométricas, las escenas que simulaban placer femenino, los cuerpos masculinos desplazados hacia lo ornamental. Todo estaba calculado. Ese año, el Papa Juan Pablo II describió la gira mundial como «uno de los espectáculos más satánicos de la historia de la humanidad». Pero su verdadera radicalidad residía en controlar su propia provocación. Sabía que solamente resultaba eficaz al tocar fibras tan sensibles como la fe, la sexualidad y la culpa.
Educación sentimental
En plena crisis del sida, cuando la visibilidad aún tenía un coste elevado, integraba a bailarines homosexuales en el centro de sus coreografías. Para generaciones enteras, especialmente para quienes crecían fuera de la norma, Madonna fue un faro, una educación sentimental. Sus vídeos «Vogue», «Express Yourself» o «Justify My Love» ofrecían imágenes que no existían en otros lugares: ambigüedad, androginia y deseo no normativo. La Prensa acostumbraba a mirar de reojo la astuta reinvención de cada álbum y abría debate a partir de sus conciertos transgresores o sus viñetas de masturbación femenina y hombres con sujetadores de bala flácidos. Los fans, sin embargo, estaban fascinados con su negativa a ser definida. Eso sí, optaron por ignorar su dicción floja, sus payasadas pueriles y sus extrañas e innecesarias apariciones en el cine.
La biógrafa de Madonna Mary Gabriel achaca su insaciable sed de reconocimiento a la temprana pérdida de su madre, quien falleció de cáncer de mama en 1963, cuando la artista tenía cinco años. Atrapada en Pontiac (Michigan) en un hogar caótico, ultracatólico, asfixiado por el dolor y repleto de los niños que aportó el nuevo matrimonio de su estricto padre, la artista intentó encontrar una forma de canalizar la furia que crecía en su interior. Enseguida consiguió que la ambición, siempre sospechosa si es femenina, se aceptase como hecho consumado. Cada era de Madonna ha sido una respuesta a un límite. Tras el exceso de «Sex» llegó «Bedtime Stories» en 1994. Más oscuro, más sensual, con una producción que anticipaba ciertas atmósferas del trip-hop. Luego, «Ray of Light», donde la espiritualidad sustituía al choque. Y, más tarde, «Confessions on a Dance Floor», que devolvía a Madonna a la pista, pero no como nostalgia, sino tomando la música de club como un espacio más de reinvención.
Imitaciones en versión ligera
Hoy la cultura ha terminado pareciéndose a Madonna. O, más bien, la ha digerido. Inventan una identidad, explotan la imagen y provocan para hacerse notar. Lo que ella hacía como arte ahora es lo normal. Millones de personas la replican cada día en versión ligera. Sus últimos años, entre discos irregulares, polémicas menores y transformaciones físicas muy visibles, han generado una crítica menos moral, más estética y más cruel. Ya no se la acusa de provocar demasiado, sino de no hacerlo bien. Los varapalos a su rostro, su cuerpo o su edad dicen menos de ella que de quienes la observan. Celebramos la reinvención hasta que una mujer mayor insiste en ejercerla. Admiramos la transgresión hasta que deja de resultarnos atractiva.
Madonna nunca ha sido una artista perfecta. Las películas donde aparece fallan, sus excesos cansan, sus provocaciones a veces agotan. Tampoco todas sus etapas han funcionado. Aunque sus mejores grabaciones resisten por sí mismas, la experiencia Madonna exige música y movimiento, imagen y sonido. Si falta un elemento, todo el proyecto tiende a flaquear. A pesar de todo, la imperfección forma parte de su naturaleza.
Lo que permanece es la insistencia de moverse y mutar. Su historia es la de una artista comprometida con la reinvención de ciertos ideales antiguos, como la belleza y la soberanía. El entusiasmo colectivo que ha generado el anuncio de [[LINK:INTERNO|||Article|||69e3a6c233e6e200077d8ca3|||«Confessions on a Dance Floor, Part II»]], una secuela de su exitoso décimo álbum de estudio que llegará el 3 de julio, revela cuán necesitados estábamos de una nueva encarnación y de volver a verla en el lenguaje que mejor ha dominado, el de los ritmos dance electrónicos, los temas de libertad e identidad y los rituales para sacudir de nuevo la pista de baile.
¿Cuántas pieles le quedan aún por mudar a Madonna? La respuesta tiende a lo infinito. Pero incluso sus seguidores más fieles saben que ese infinito tiene límites. Lo verdaderamente inagotable en ella es el impulso y la voluntad de no quedar anclada, volver a intentarlo y no aceptar una identidad definitiva.