A las ocho y treinta y siete caía herido Andrés Roca Rey al entrar a matar. Se le vino el toro de Cortés y el peruano no dudó: con rectitud de vela se tiró encima de Soleares, que no perdonó tanta verdad y hundió el pitón en el muslo, con mucha saña, girando en segundos eternos. El limeño sabía que iba herido, el boquete anunciaba el tabaco, pero jamás perdió el rictus. Cuando las cuadrillas se lo llevaban en volandas, solo miraba al toro para ver si caía, para que la obra quedase rematada al completo. Sin un solo gesto de dolor pese a la gravedad presentida. ¡Qué barbaridad de figura! Solo un número 1 es capaz de voltear así...
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