¿Para qué violines sin clases de música?
Me alegró ver en las redes sociales que, escuchando el clamor de docentes y estudiantes, el ministro de Educación anuncia la eliminación de una directriz que habría hecho casi imposible la enseñanza de la música y las artes en nuestras escuelas. Bien por el ministro que supo corregir a tiempo y bien por quienes alzaron la voz.
Eliminada la directriz, sin embargo, sigue pendiente el reto de hacer realidad que la música –y las artes en general– sean efectivamente parte de lo que se enseñe en nuestras escuelas. Y vale la pena insistir en esto porque siempre hay gente que ve estas asignaturas como un lujo dispensable, algo en lo que no podemos desperdiciar nuestros escasos recursos.
Esa fue la razón por la que, hace ya más de cincuenta años, don Pepe tuvo que lanzar su famosa frase: “¿Para qué tractores sin violines?”. La frase se convirtió en parte de nuestra identidad y nos hizo entender que, si bien los tractores, la producción y el crecimiento eran fundamentales para el bienestar, esa era solo la mitad de la ecuación.
Don Pepe –y su entonces ministro de Cultura, don Guido Sáenz– tenían claro que el país necesita producir. Pero tenían igualmente claro que el “desarrollo” no se refiere solo a la capacidad de un país para alimentar el cuerpo de sus habitantes, sino a la capacidad de alimentar su espíritu. Y nada como la música y las artes en general para elevar el espíritu, la capacidad de disfrute y la calidad de vida de la gente.
El país lo entendió e hizo suyas las palabras de don Pepe. Así se consolidó el proyecto de la Orquesta Sinfónica Nacional, la Sinfónica Juvenil y la Infantil. Más adelante vendría la creación del Sinem –bajo la batuta de otra gran ministra de Cultura, María Elena Carballo– y así el país seguiría cultivando su capacidad de producir y disfrutar música en todas sus formas, desde las más académicas hasta las más populares. El MEP transformó sus programas de Educación Musical y Artes Plásticas, hizo grandes compras de instrumentos y promovió el Festival Estudiantil de las Artes, en el que participan decenas de miles de estudiantes.
Por eso, el país se sorprendió tanto cuando el Ministerio de Educación Pública anunció la hoy derogada circular que, con la excusa de actualizar los módulos horarios en las escuelas con doble jornada (que son casi todas), se cargaba, entre otras, las asignaturas de Artes y Música. Para eso se establecía un plan de estudios de 35 lecciones semanales, de las cuales 28 debían destinarse a las asignaturas académicas básicas, quedando apenas te lecciones para todo lo demás: Lengua Extranjera, Música, Artes Plásticas, Educación Física, Informática Educativa, Educación Religiosa y Educación para la vida cotidiana.
Ya eso sonaba mal, pero en realidad era peor, porque el mismo documento señalaba que, de esas siete, las escuelas debían priorizar obligatoriamente cinco lecciones de Lengua Extranjera y dos lecciones de Educación Religiosa, sin excepción. Para lo demás, entonces, no quedaba nada. Se ofrecía la opción de agregar dos lecciones extrahorario para alguna de esas asignaturas “no prioritarias”, pero solo “cuando el centro educativo cuente con capacidad locativa (aulas adicionales) y, solo si cuenta con ellas, y exista el recurso humano calificado”. O sea, nada, pero con algo de maquillaje.
En buena hora el ministro ha escuchado el malestar y corregido el rumbo, aclarando que las lecciones de Música, las lecciones de Artes Plásticas y de las otras asignaturas mal llamadas complementarias se mantienen. Pero este es un lance del que debemos aprender a entender la importancia que, junto a la formación académica y técnica, tienen estas otras asignaturas y actividades educativas que nos forman como personas y como ciudadanos.
Esto es especialmente importante hoy, porque vivimos tiempos particularmente difíciles. Una de las preocupaciones mayores de la población –y con razón– es la inseguridad. Los niveles de violencia vienen aumentando de forma alarmante. Todos los días vemos noticias de nuevos asesinatos, noticias sobre la expansión y normalización del sicariato y los ajustes de cuentas con todo y sus víctimas colaterales. Peor, en esas noticias vemos con angustia la creciente participación en las bandas narco, de jóvenes que debieran estar en el colegio.
Frente a estas amenazas, se ha vuelto un lugar común decir que, así como necesitamos fortalecer nuestros cuerpos policiales y apoyar el trabajo del OIJ, es urgente la labor de prevención. Casi nadie discute que, para combatir la violencia desde sus raíces, es prioritario promover medidas preventivas, impulsar actividades que desarrollen en las personas jóvenes actitudes sanas de convivencia y las atraigan a actividades –como el arte, la música, el deporte– que les brinden identidad, disfrute y un espacio seguro para canalizar su energía y su pasión juvenil.
Reforzar la música, el arte, el deporte en nuestros centros educativos es urgente no solo por razones educativas –que lo es– sino también por razones de seguridad y paz.
Pareciera de sentido común, pero el problema es que hasta el sentido común requiere recursos para hacerse realidad. La prioridad educativa debe reflejarse en la asignación de recursos, pero si algo ha perdido prioridad presupuestaria en los últimos años es, justamente, la inversión educativa. Desde 2018 hasta hoy, el presupuesto educativo del país ha pasado del 7,4% del PIB a menos del 5%. Hemos regresado a los niveles de 1980.
¿Por qué es tan importante que la inversión educativa pueda expandirse? El propio Ministerio de Educación nos ha dicho que, como resultado de la menor tasa de natalidad, empieza a haber menos estudiantes en nuestras escuelas primarias. Es el llamado bono demográfico. Algunos usan esto como argumento para justificar el sacrificio de la inversión educativa: utilizar la educación como variable de ajuste fiscal. Sin embargo, como ha evidenciado el conflicto sobre las lecciones de Música, Artes y las demás asignaturas, lo cierto es que, con o sin directriz, son muchas las escuelas de doble jornada en las que estas asignaturas no se imparten o se imparten solo de forma parcial. Si sabemos que el 92% de nuestras escuelas trabajan con doble jornada y que por eso no pueden ofrecer el currículo oficial completo, ¿no es obvio lo que hay que hacer?
En vez de reducir el porcentaje del PIB asignado a la inversión educativa, hay que recuperar esa inversión y dedicarla con prioridad a mejorar la calidad de los aprendizajes y a transformar la mayor cantidad posible de escuelas de doble jornada en escuelas de horario completo. Así resolveríamos el problema por el fondo, sin necesidad de hacer malabares retóricos en los módulos horarios para aparentar que enseñamos lo que en realidad no estamos enseñando.
Si de verdad estamos convencidos de que todas y todos nuestros estudiantes tienen derecho a recibir todas las asignaturas, incluyendo las que hasta hoy han sido dispensables, es hora de que aprovechemos el bono demográfico y asignemos los recursos necesarios para que eso sea realidad.
No basta decir que, para nosotros, la educación integral es prioritaria. Para que eso sea realidad, tenemos que complementar los discursos con los recursos. Recordemos siempre que, para alcanzar un verdadero desarrollo, necesitamos también los violines y que, a la larga, nada sale más caro que ahorrar en educación.
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier es economista. Fue ministro de Educación de 2006 a 2014.