En mitad del estruendo habitual de la precampaña andaluza, con declaraciones cruzadas, advertencias solemnes y apelaciones constantes a la trascendencia del momento, un elemento decisivo se mueve en dirección contraria y, sin embargo, parece excesivamente ignorado: el votante. Más concretamente, la parte creciente del electorado que no participa del ruido, que no se deja arrastrar por la sobreactuación y decide en un plano mucho más silencioso, más pragmático y menos ideologizado de lo que se presupone. La política habla alto, incluso grita, pero no siempre escucha bien. Y en ese desfase entre volumen y percepción se está configurando una de las claves de estas elecciones del 17M. Porque mientras los partidos tensan el debate, dramatizan los escenarios y convierten cada...
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