No hizo falta que la noche cayera sobre el albero para entender que lo de este Lunes de Pescaíto iba a quedarse dentro. Sevilla lo sintió pronto: en ese rumor distinto, en ese pulso que se acelera sin saber muy bien por qué. Luego llegó todo lo demás. La sangre, el susto, la gloria. Y una corrida de la casa Matilla que, sin romper en la lámina, sí lo hizo en el comportamiento: noble, con clase, con ese punto de bravura que permite que la verdad aflore. Morante de la Puebla volvió a imponer su tiempo. No fue solo lo que hizo en su primero, que tuvo poso, temple y ese mando que transforma lo bueno en importante. Fue cómo...
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