El domingo, en Toledo, antes de que el cronómetro empezara a mandar y antes de que el pelotón encontrara su respiración, ya estaba ocurriendo algo más grave y verdadero que una cita deportiva. La ciudad no se había reunido solo para cubrir una distancia ni para completar un recorrido señalizado entre salida y meta. Toledo había amanecido para medirse en otra clase de prueba. No en la del músculo por el músculo, ni en la del resultado, ni siquiera en la de la fotografía final con el dorsal prendido en la camiseta. Lo que se estaba poniendo en marcha era otra cosa: la posibilidad de verse a sí mismo desde donde casi nunca se mira, desde las manos que lo...
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