El "Wallapop" del capital privado
Compañías como Douglas, el grupo alemán de perfumería y cosmética, han pasado en varias ocasiones por distintos inversores financieros, reflejando un modelo en el que la propiedad no es un punto final, sino una etapa más dentro de un circuito continuo de transacciones. El grupo Tendam, propietario de Cortefiel, encaja en esa misma lógica. Tras haber estado en manos de firmas como CVC Capital Partners o PAI Partners, hoy, refleja una estructura más compleja, en la que las empresas ya no siguen un ciclo lineal de entrada y salida del capital privado, sino que permanecen dentro de este perímetro durante años. Estas dos compañías son dos muestras de cómo el capital privado circula entre distintos fondos a lo largo del tiempo.
Y es que actualmente las empresas transitan de un fondo a otro como piezas que cambian de manos dentro de un mercado secundario cada vez más sofisticado. En ese engranaje financiero, los activos no nacen ni se liquidan de forma inmediata, sino que atraviesan distintas etapas de propiedad en las que el valor se va reconfigurando antes de volver a salir al mercado en una nueva versión de sí mismos.
Este mercado –el secundario del capital privado– es hoy uno de los segmentos más dinámicos del sistema financiero global. Y su auge coincide con un momento particularmente significativo en España, donde, tras años de parón, el capital privado ha vuelto a crecer con fuerza. Según el informe global de Bain & Company, el valor de las operaciones de buyout (compra de una empresa ya existente con el objetivo de mejorarla y venderla más adelante con beneficio) creció un 51% en España en 2025 respecto al año anterior, impulsado sobre todo por el mayor tamaño de las transacciones.
No se trata de un simple rebote. El informe señala que el sector ha alcanzado un «punto de inflexión» que podría marcar el inicio de un nuevo ciclo de crecimiento a partir de 2026. Sin embargo, también advierte de que la recuperación no está siendo homogénea, ya que ni todos los fondos ni todas las geografías avanzan al mismo ritmo.
El mercado español refleja bien esta dualidad. Por un lado, el número de operaciones se ha mantenido estable, pero, por otro, el tamaño de las transacciones ha aumentado significativamente, especialmente en sectores como telecomunicaciones o educación superior.
A ello se suma un dato que ilustra la profundidad del ecosistema: España registró 1.355 operaciones de capital riesgo en 2025, un 25% más que el año anterior, mientras el número de vehículos activos se ha multiplicado por siete en una década. El capital privado, por tanto, ha dejado de ser marginal para convertirse en una infraestructura del sistema económico.
Cambio de dinámica
Durante décadas, el capital privado se organizó alrededor de la idea de que la inversión tenía un principio y un final. Los fondos entraban en una empresa, la transformaban durante varios años y buscaban una salida que cerrara el ciclo y la sacara del propio universo del capital privado. Esa salida final solía adoptar dos formas principales: la venta a un comprador industrial –una empresa del sector que integraba el negocio en su estructura– o la salida a bolsa, mediante la cotización de la compañía en los mercados públicos.
En ambos casos, el objetivo era el mismo, es decir, completar el ciclo de inversión y devolver el capital a los inversores con rentabilidad, poniendo fin a la relación con el activo. La venta a otro fondo existía, pero era una alternativa secundaria, utilizada cuando no había otras opciones más claras. No era el destino natural del proceso, sino una solución puntual dentro de un sistema pensado para terminar fuera del propio capital privado.
Era un modelo rígido. Una vez comprometido el capital, el inversor quedaba bloqueado durante periodos de siete a diez años, ya que no existían mecanismos reales de salida intermedia ni mercados organizados. Sin embargo, ese modelo ha cambiado de forma progresiva. La acumulación de capital en la industria, la dificultad creciente para ejecutar salidas y la mayor complejidad de los mercados han ido tensionando ese sistema.
En este nuevo entorno, algunas firmas apuntan a un ciclo más volátil de lo esperado. Desde Indosuez Wealth Management, destacan que 2025 arrancó con optimismo, pero ese impulso se vio rápidamente frenado por la incertidumbre política y comercial, lo que terminó afectando al ritmo de las transacciones.
Esa inestabilidad se ha reflejado en una dinámica desigual dentro del mercado global de fusiones y adquisiciones. Mientras el volumen total de operaciones ha crecido impulsado por grandes transacciones, el número de acuerdos ha disminuido, evidenciando la cautela en el segmento medio. Un contraste que, según la entidad, responde en buena medida al peso de las llamadas «megaoperaciones».
Un ejemplo de esta tendencia es el leveraged buyout (LBO) –compra apalancada– de Electronic Arts, una operación valorada en torno a 55.000 millones de dólares y liderada por un consorcio encabezado por Silver Lake, que ilustra cómo unas pocas transacciones de gran tamaño pueden sostener el mercado en momentos de menor actividad general. Aun así, el escenario a medio plazo apunta a una progresiva normalización. La mejora de las condiciones de financiación y la evolución de los tipos de interés podrían favorecer una recuperación del número de operaciones a partir de 2026, en un contexto que sigue siendo incierto pero donde el capital disponible continúa siendo elevado.
Dentro de esta lógica de creación de valor, una de las estrategias más utilizadas por los fondos en los últimos años ha sido el llamado «buy and build» ("compra y construye"). Enrique Quemada, chairman de One to One Corporate Group, explica que este enfoque consiste en adquirir una empresa «plataforma» y utilizarla como base para incorporar otras compañías más pequeñas del mismo sector, con el objetivo de crear grupos más grandes y más eficientes. Una estrategia que ha permitido a los fondos acelerar la expansión de sus participadas y multiplicar su tamaño en un periodo relativamente corto, reforzando el atractivo del activo en futuras operaciones de venta. «En muchos casos, el valor no se genera únicamente mediante mejoras internas, sino a través de la consolidación de mercados fragmentados», añade Quemada.
Fase más exigente
Según el último Global Private Markets Report de McKinsey & Company (2026), el capital privado se encuentra en una fase más «técnica y exigente», marcada por el incremento de activos atrapados en cartera y la dificultad para ejecutar salidas. Este fenómeno está alimentando directamente el crecimiento del mercado secundario, que según Jefferies se ha multiplicado por seis en la última década. En su análisis del mercado mundial, la firma muestra hasta qué punto el mercado secundario del capital privado ha dejado de ser un nicho. En 2025, el volumen de transacciones alcanzó los 240.000 millones de dólares (204.000 millones de euros), un máximo histórico que supone un crecimiento cercano al 50% interanual. Los inversores destinaron unos 160.000 millones a fondos secundarios en el último año. Destaca, además, el crecimiento de los llamados «continuation vehicles», lo que confirma la sofisticación del sistema, en el que los activos no solo se compran y venden, sino que se reestructuran y permanecen dentro del propio universo del capital privado durante más tiempo.
En esencia, el capital privado ha desarrollado su propio mercado de «segunda mano». Un inversor entra en un fondo, pero puede salir antes vendiendo su participación a otro. Ese nuevo comprador adquiere derechos sobre activos que ya existen, que ya generan caja y cuya evolución es parcialmente conocida.
De problema a oportunidad
Lo que antes era un problema –la falta de liquidez– se ha convertido en una oportunidad de negocio. Y en ese sentido, algunos gestores empiezan a considerar este ecosistema como una especie de «Wallapop», un mercado donde los activos no se crean desde cero, sino que se compran y revenden entre inversores sofisticados, en distintos estados de maduración y con diferentes expectativas de valor.
Firmas como Coller Capital han construido su modelo precisamente sobre esta lógica. Especializadas en comprar participaciones en fondos ya existentes, actúan como proveedores de liquidez para inversores institucionales que buscan salir antes de tiempo. Su papel ha sido clave para profesionalizar un mercado que hoy mueve cientos de miles de millones. Un ejemplo reciente es la operación en la que ETQ cerró un acuerdo de unos 3.700 millones de dólares junto a Coller Capital, reflejando la escala y sofisticación alcanzadas.
Otro movimiento relevante ha sido la compra de Arctos Partners por parte de KKR por unos 14.000 millones de dólares. Arctos, especializada en inversiones alternativas –incluyendo participaciones en franquicias deportivas– representa el tipo de activo que hoy interesa a los grandes fondos: estable, escalable y con capacidad de generar flujos recurrentes.
Para entender este fenómeno más allá de las cifras, conviene atender a la lectura que hacen los propios actores del sector. «Reservados durante mucho tiempo a un grupo reducido de inversores institucionales, los mercados privados se han convertido en una clase de activo esencial dentro de las estrategias de inversión», manfiestan desde Indosuez Wealth Management. Al mismo tiempo, advierten de que esa oportunidad exige mayor especialización. «La dispersión en términos de rentabilidad entre gestores hace que la selección, el acceso y la gestión del flujo de caja sean fundamentales», añaden.
La construcción de cartera es otro elemento central. El capital privado no es una categoría homogénea, sino un ecosistema que incluye desde «buyouts» hasta deuda privada o infraestructuras. La clave está en combinar geografías, estrategias y horizontes temporales para optimizar el binomio riesgo-rentabilidad.
En cuanto a la rentabilidad, históricamente, ha sido superior a la de los mercados públicos. Y no solo por la prima de iliquidez, sino por la capacidad de los gestores para crear valor mediante la gestión activa de las empresas.
Sin embargo, el experto también reconoce las limitaciones. La falta de liquidez, la menor transparencia y la duración de las inversiones –que pueden alcanzar los diez años– obligan a contar con asesoramiento especializado y herramientas de seguimiento cada vez más sofisticadas.
España
En España, este fenómeno adquiere matices propios. El predominio de empresas familiares y la fragmentación del tejido productivo convierten al país en un terreno especialmente fértil para el capital privado. Este tipo de compañías encaja de forma natural en la lógica de los fondos, ya que se trata de negocios con potencial de crecimiento, pero que requieren profesionalización, expansión internacional o mejoras operativas para escalar. En ese contexto, el capital privado encuentra oportunidades para entrar, transformar y posteriormente salir con plusvalías, en un ciclo que se adapta bien a la estructura empresarial española.
A ello se suma otro factor, como es la ausencia de una financiación bursátil suficientemente accesible para las empresas medianas. En este sentido, el capital privado representa una vía alternativa de crecimiento y de aceleración de los procesos que, de otro modo, serían más lentos o difíciles de financiar.
Sin embargo, el fenómeno no se limita a la entrada de fondos en empresas familiares. En paralelo, se está produciendo un movimiento en el que son las propias compañías industriales las que están adoptando herramientas propias del capital privado, creando sus propios vehículos de inversión para diversificar capital, acceder a oportunidades externas y profesionalizar su gestión financiera.
Un ejemplo de esta tendencia es Eurofred, empresa familiar del sector de climatización que ha decidido estructurar su propia sociedad de inversión, participando activamente en el ecosistema de startups y activos emergentes. En la misma línea, Inditex ha destinado alrededor de 20 millones de euros a inversiones en startups a través de su propio vehículo corporativo, reforzando la idea de que las grandes empresas no solo son objeto de inversión, sino también agentes activos dentro del mercado de capital riesgo.
Este tipo de estrategias permite a las compañías acceder a innovación, explorar nuevos sectores y, al mismo tiempo, obtener rentabilidad financiera. Pero también refuerza la idea de que el capital privado ya no es un territorio exclusivo de fondos especializados.
Riesgos
El crecimiento del capital privado en los últimos años no está exento de riesgos. Una parte cada vez mayor de la financiación que sostiene este ecosistema no proviene ya del sistema bancario tradicional, sino del llamado crédito privado, un segmento que ha ganado protagonismo al calor de la retirada parcial de los bancos tras la crisis financiera y el endurecimiento regulatorio.
A diferencia del crédito bancario, este tipo de financiación se articula a través de fondos y vehículos que operan fuera del perímetro regulatorio más estricto. Esta evolución ha permitido diversificar las fuentes de capital y sostener el crecimiento de las operaciones, pero también ha introducido nuevas incertidumbres en torno a la transparencia y la valoración de los activos.
En este mercado, buena parte de las inversiones no cotizan y se valoran internamente, lo que dificulta una referencia clara de precios. Este aspecto, que durante años ha sido visto como una ventaja –al reducir la volatilidad aparente– empieza a ser observado con mayor cautela por parte de analistas e inversores. La preocupación se centra en la posibilidad de que algunas carteras estén sobrevaloradas, especialmente en un entorno de tipos de interés más elevados y menor liquidez global.
El riesgo no es tanto una corrección puntual como un posible ajuste desordenado. Si un número significativo de inversores decidiera retirar su dinero al mismo tiempo, las valoraciones podrían verse sometidas a presión. Aunque la propia estructura del capital privado –con horizontes largos y ventanas de liquidez limitadas– actúa como freno a salidas masivas inmediatas, el sistema no es inmune a tensiones.
Según recoge The Wall Street Journal, una parte de los grandes patrimonios que impulsaron el auge del crédito privado estaría empezando a reducir exposición, en un contexto de mayor incertidumbre y tras varios años de fuerte crecimiento del sector. Este movimiento, aún incipiente, refleja hasta qué punto el mercado ha alcanzado una escala en la que los flujos de entrada y salida pueden tener un impacto sistémico.