Solían pedírselas a los camareros o recogerlas directamente del suelo. Bastaba con un puñado. De pelota hacía un garbanzo y de portería alguna que otra abandonada caja de zapatos. Las mallas de las naranjas tejían la red. Se recuperaban de los cromos y las revistas deportivas los escudos, dorsales de camisetas y rostros de las estrellas del fútbol de la época. O se dibujaban. Tenían relieves y dobleces. Se notaba en la mayoría el esfuerzo por recomponerlas. Con tiza en mano, se delimitaba el improvisado terreno de juego. De los campos de arena de los patios de los colegios a las más solitarias aceras. El fútbolchapas se abría paso en cualquier rincón. «Tantas horas en el suelo nos dejaban las...
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