Vaivenes ideológicos en el tardofranquismo
Máximo Pradera es un periodista irreverente, polémico, lleno de aristas, como el linaje del que procede. Pero Memorias de un nieto confuso (Navona), su último ensayo, no trata en realidad tanto de sí mismo como de esa ascendencia contradictoria que, para bien o para mal, ha marcado tanto su filias como sus fobias.
Pradera es hijo de Gabriela Sánchez Ferlosio y de Javier Pradera. La primera es, a su vez, hija de Sánchez Mazas, uno de los cofundadores de Falange, escritor y poeta que, además, puso su granito de arena para que rimara adecuadamente el “Cara al sol”. Pradera, a su vez, es uno de los vástagos de Víctor Pradera, ideólogo tradicionalista, ajusticiado por los republicanos.
Máximo no esconde esos orígenes: se puede decir que ajusta cuentas con ellos. No está interesado en mostrarse equidistante: sin rebajar la responsabilidad por la deriva en España, sí que expresa su desdén por lo que considera un carácter y talante autoritario, separando, eso sí, la ideología de la maestría literaria o el genio artístico.
Lo más notable del libro es la capacidad para ir recorriendo la historia del último franquismo, la forma de vida de algunos paniaguados del régimen -perezosos, que se auparon en la vida social gracias a su capacidad por alinearse bien- y la manera en que fueron cambiando sus simpatías a medida que el franquismo iba debilitándose y llegaba la democracia.
“Memorias de un nieto confuso (Navona), su último ensayo, no trata en realidad tanto de sí mismo como de esa ascendencia contradictoria que, para bien o para mal, ha marcado tanto su filias como sus fobias”
En cualquier caso, se puede leer este libro de dos maneras. Una, intentando examinar en qué partes el autor -que, por su irreverencia, no genera simpatías unánimes- es más condescendiente con unos que con otros. Otra, la segunda, intentando aproximarse a ese pedazo del transcurso de nuestra historia, para conocer la impresión que le causaron determinados personajes públicos que, al tiempo, eran familiares cercanos.
A quien le interese el devenir de la clase intelectual española, el libro resultará tan divertido como, en algunos momentos, trágico. Por ejemplo, incluye un retrato afectuoso y cercano de Carmen Martín Gaite, Carmiña, tía de Máximo, esposa de Sánchez Ferlosio. Desfila también Marta, la hija de Rafael y Carmen, cuya vida acabó como consecuencia de la droga.
Refleja, asimismo, el miedo a la soledad de su madre, Gabriela, o la tormentosa relación entre sus progenitores. Y en ocasiones de su prosa fluye algo así como una tristeza contenida, especialmente cuando va a apuntando los dramas que no se sabe muy si la inconsistencia ideológica, los conflictos interiores, el temor a la responsabilidad o la angustia ante el abandono causaron en la existencia de esos intelectuales.
El libro está compuesto por capítulos en los que desgrana tanto la biografía como los recuerdos de sus parientes. No son perfiles históricos, sino algo así como un ramillete de anécdotas que muestran las caras más y menos amables del personaje en cuestión. También hay partes desternillantes, como cuando explica la manera en que, al parecer, castigó Franco a Sánchez Mazas por su estricta impuntualidad en los Consejos de Ministros.
“Fluye en estas páginas una tristeza contenida, especialmente cuando va apuntando los dramas que no se sabe muy si la inconsistencia ideológica o los conflictos interiores causaron en la existencia de esos intelectuales”
Con más ternura, Máximo rinde un homenaje a su padre, Javier Pradera. No me ha interesado, en este sentido, su voluntad por subrayar la coherencia ideológica del editorialista de El País, su férreo compromiso con lo que pensaba que era correcto, pese a las afinidades o amistades. De Pradera me ha interesado su labor como editor tanto en Tecnos como en Alianza.
La edición de libros de bolsillo de filosofía y ciencias sociales se le ocurrió, en primer lugar, a un judío afincado en Estados Unidos. Corrían los años cincuenta y, al parecer, se dio cuenta de que el ensayo, a un coste más accesible, podía ser una mina de oro si se aprovechaba el boom demográfico que estaba llegando a la universidad y la conformación de una clase social mucho más amplia alfabetizada.
Después Alemania se sumó a esa tendencia. Y ahí, por ejemplo, fue importante la casa Suhrkamp, donde no por casualidad un joven Jürgen Habermas empezó a trabajar como asesor. Eso dinamizó la producción intelectual; no en vano, estamos ya en Mayo del 68 y jóvenes y no tan jóvenes consumen ávidamente ensayos de protesta, libros de ciencias sociales o filosofía.
En España, el cura Aguirre, con Taurus, puso a disposición de todos la Escuela de Frankfurt. Pradera enriqueció el fondo de Alianza, antes de que Anaya comprara la editorial y Polanco lo fichara a tiempo completo en El País. Gracias a ese sello, muchos pudimos leer lo más relevante de la cultura a precios asequibles.
Memorias de un nieto confuso, seguramente, molestará a muchos: es a veces demasiado irreverente, despectivo; asimétrico en sus consideraciones ideológicas. Pero es que Máximo es un personaje y a veces se pone su máscara transgresora. Que cada uno decida si lo disculpa o no.