Cartago, la ciudad que Roma no perdonó
«Aníbal era el más osado de todos los hombres, quizás el más sorprendente, en todas las cosas poseía una visión tan audaz, tan segura y tan amplia. A la edad de veintiséis años concibió lo que era apenas concebible y llevó a cabo lo que se consideraba imposible. Escaló los Pirineos y los Alpes, luego bajó a Italia, pagando con la mitad de su ejército el precio por alcanzar un campo de batalla y obtener el derecho a luchar.» Esto lo escribió Napoleón cuando estaba en el exilio. Y es que algunos de los movimientos de Aníbal Barca (Cartago, hoy desaparecida, actual Túnez, 247 a.C.-Bitinia, actual Turquía, 183 a.C.) aún se estudian en las academias militares.
Tal fue su osadía y astucia al proyectar y estructurar el deseo que había marcado su infancia, como afirman diversas fuentes antiguas, y Aníbal tenía nueve años, su padre lo llevó al templo de Cartago y, sumergiéndole las manos en la sangre de un sacrificio, frente a los dioses, le hizo jurar odio eterno hacia Roma.Nada le pareció imposible a Aníbal, que a la muerte de su padre, el general Amílcar Barca, uno de los protagonistas de la primera guerra púnica, se convirtió en el jefe del ejército cartaginés y, desde Cartago Nova (la actual Cartagena), sometió a diversas tribus iberas, destruyó Sagunto, ciudad aliada de [[LINK:TAG|||tag|||633617df5c059a26e23f7e7d|||Roma]], y atravesó el Ebro; una iniciativa que daría origen a la segunda guerra púnica, pues cartagineses y romanos habían fijado esa frontera para limitar su territorio. Más tarde, en el año 218 a.C., Aníbal, tras ceder a su hermano Asdrúbal el mando de las tropas en Hispania, partiría hacia Italia con sesenta mil soldados, ¡y treinta y ocho elefantes!, con la idea de derrotar a Roma.
La autora no da por fiables las fuentes y las compara con los datos arqueológicos y genéticos
Aníbal quedó en la historiografía como alguien tan despiadado como noble. Un adversario poseedor de virtudes hasta entonces reservadas para los héroes de la antigüedad. Este guerrero había nacido gracias a la astucia de la reina Dido, quien fundó en una colina de Túnez más que una ciudad: el primer gran imperio mercantil de la historia. Sus barcos dominaron las rutas comerciales desde Oriente hasta Britania. Bajo la protección de los dioses Baal Hammon y Tanit, Cartago desafió al mundo. Sin embargo, la ciudad tuvo un trágico final: en el año 146 a.C., el Imperio romano la destruyó por completo. Dice la leyenda que sembraron sus tierras con sal para borrar su legado. Un legado que es posible conocer hoy mediante «La principal fuerza de Cartago. Una nueva historia de un antiguo imperio (traducción de Abraham Gragera), de Eve MacDonald. «Gran parte de lo que sabemos de los cartagineses nos ha llegado a través de una lente pulida por sus enemigos», dice la autora, consciente de que no se trata de narrar otra vez la historia de Cartago, sino de examinar las condiciones en que esa historia ha llegado hasta nosotros.
Más allá de Roma
Frente a la tradición que redujo Cartago al papel de rival vencido, MacDonald restituye su espesor político, cultural y material, al recordar que durante siglos fue «una presencia dominante en el mundo antiguo, una potencia fundamental del Mediterráneo occidental», poniendo su poderío próximo al de Roma. El libro se abre con la destrucción de la ciudad, cuando la esposa de Asdrúbal contempla el derrumbe de Cartago desde Birsa. MacDonald reproduce las palabras que Apiano atribuye a esa figura: «No tienen los dioses por tu causa, romano, motivo alguno para indignarse, pues ejerces el derecho de la guerra». Y acto seguido llega la acusación contra el marido: «Que los dioses de Cartago se venguen de este Asdrúbal, que ha traicionado a su patria y a sus templos, que me ha traicionado a mí y a sus hijos, y que tú, romano, seas su instrumento».
Esta escena, con todo, tan dramática, pudo ser «una invención de los romanos». Esta intención de no dar nada por sentado y reinterpretar los hechos históricos marca el desarrollo del libro, pues MacDonald, si bien no prescinde de las fuentes antiguas, tampoco las acepta como transparentes, ya que de entrada se colocó a Cartago como un personaje secundario de la función que para siempre protagonizan los romanos. Para ello, se apoya en los avances arqueológicos, los análisis de ADN y de isótopos, la datación por radiocarbono, las excavaciones profundas en Cartago y los hallazgos en otros puntos del[[LINK:TAG|||tag|||6336175a87d98e3342b26f76||| Mediterráneo,]] todo lo cual le permite construir una historia que avanza «más allá de Roma» y se apoya en pruebas materiales, no solo en textos escritos por los vencedores. Por este motivo, la autora se propuso «explorar la ciudad y la vida de sus habitantes a lo largo de su larga y gloriosa andadura, sacando a la luz sus historias reales, tras dos milenios marcados por el relato que urdieron sus conquistadores».
La historiadora trata de entender también a las personas que vivieron allí y su cultura
Cartago deja de ser un actor de reparto, pues, para aparecer entonces como una potencia militar, como una civilización dotada de continuidad, de redes comerciales, de desarrollo técnico y de una complejidad cultural que la narrativa romana simplificó hasta volverla casi irreconocible. MacDonald, para empezar, distingue con cuidado entre la Dido inmortalizada por Virgilio y la figura histórica que las fuentes más antiguas conocen como Elisa o Elishat. No descarta el mito como una fábula inútil, pero tampoco lo asume. Dice que «en estos mitos sobre la reina fundadora Dido y sus virtudes femeninas idealizadas se esconde una valiosa información acerca de las decisiones tomadas por los tirios que se establecieron en África». Se busca, por consiguiente, en la materia legendaria indicios históricos para comprender cómo los relatos deforman los hechos.
Una marcada identidad Hablar de Cartago es hacerlo de un espacio «multicultural y competitivo, poblado por griegos, fenicios, etruscos y romanos»; considerando esto, MacDonald insiste en el tejido de contactos, desplazamientos y adaptaciones que hicieron de Cartago una potencia conectada con múltiples ámbitos del mundo antiguo. A la vez, el libro subraya algo que durante mucho tiempo quedó en segundo plano: «Gran parte de la historia de Cartago se fundamenta sobre su identidad como ciudad norteafricana», y también presta atención al lenguaje mismo de la historiografía. La investigadora recuerda que «ser púnico no era precisamente un cumplido para los romanos del siglo III a. e. c.», y añade que lo emplea «a falta de algo mejor». Y es que nombrar nunca es neutral, y en este caso las palabras heredadas llevan también inscrita la hostilidad de una tradición. Luego está la parte más humana, por decirlo así, que se aleja de lo meramente histórico, ya que la intención de MacDonald es contar una historia de Cartago «que sea a la vez un relato épico y una narración que nos ayude a comprender mejor a las personas reales que vivieron y prosperaron en esta hermosa ciudad costera durante los siglos anteriores a Roma». Por eso el libro muestra escenas de gran intensidad, aparte de detenerse en los restos materiales, en los puertos, en la geografía, en los cultos, en la agricultura y en los procesos de fundación y expansión.