Este sábado jugará el Atlético de Madrid el partido más bonito de la temporada, el que permite coronarse campeón de España con la presencia de Felipe VI, que entrega la Copa. Todas las finales son en principio igualadas y es de prever que esta no lo será menos. Cuenta la Real Sociedad con muy buenos jugadores, y sobre todo con un grandísimo entrenador, que ha cambiado por completo el rumbo del equipo. El Atleti llegará más cansado tras el partido del martes , que resultó trepidante, pero también con la moral por las nubes, recién clasificado para las semifinales de la Liga de Campeones. Un Barça arrollador niveló enseguida el 0 a 2 del Camp Nou, pero el equipo colchonero supo reponerse, y apoyado por una hinchada extraordinaria, marcar el golazo de Lookman. Sería deseable que en esta fiesta del fútbol reinara la deportividad dentro y fuera del estadio. Más aún, como cantaba Sabina, «que los que matan se mueran de miedo, que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena». Que los seguidores de la Real se comporten con el señorío, simpatía y elegancia que caracteriza en general a los donostiarras e impregna sus playas, montes y palacios. No en vano la Bella Easo fue elegida en su momento como lugar de veraneo por los reyes españoles… y en la actualidad por cualquier persona que tenga buen gusto. No debería repetirse el bochorno de otras finales, ni siquiera por una pequeña parte del público. En Francia también hubo maleducados que pitaban a 'La Marsellesa' (¿quién que haya visto Casablanca puede atreverse a hacerlo?) pero allí fueron menos 'respetuosos' con la libertad de expresión. Se anunció que el siguiente partido en que se reprodujeran los silbidos no se jugaría: sería suspendido inmediatamente. De este modo se acabaron de una vez por todas los pitidos. En España se han normalizado (silbidos al rey y al himno y quema de banderas nacionales) comportamientos que no se consienten en otros países de mayor tradición democrática que el nuestro. Los que tenemos la fortuna de asistir a la final comprobaremos si Sevilla sigue teniendo ese color especial que nos inunda de alegría o por el contrario nos sumerge, como nazarenos arrepentidos que somos, en una estación de penitencia. El veneno del fútbol: nos mata, nos da la vida.