El pasado 25 de febrero, Sevilla y este periódico se vestían de luto para despedir a Pablo Ferrand. Mes y medio después, en la tarde de este martes 14 de abril, su memoria ha sido honrada en la sede del Círculo Mercantil e Industrial, en la calle Sierpes. La jornada, organizada por Cum Magno Iubilo, la asociación de docentes con vocación de transmitir a la sociedad sus conocimientos y experiencias, contó con la presencia de familiares, amigos y compañeros que, de manera conjunta, han recordado a uno de los grandes defensores del patrimonio sevillano . Abrió el acto José Armenta , presidente de Cum Magno Iubilo, que rememoró una amistad nacida de la pasión compartida por la música, pero que con el tiempo se fue extrapolando a muchos otros ámbitos. Durante su intervención, señaló los tres rasgos que, según él, resumían la figura del periodista: «la generosidad, la humildad y el entusiasmo», especialmente en momentos que consideró decisivos, como aquel en el que, en plena crisis, surgió la iniciativa de abrir al público el conocimiento de la asociación de manera gratuita. El presidente de la entidad insistió en que Pablo «llevaba dentro el afán por enseñar esos conocimientos que nos brindan las artes, la cultura, la música y el cine», evocando que «el saber mucho no rebaja la emoción, sino que la intensifica» o que el Ferrand ayudaba a «redescubrir las obras desde una perspectiva nueva: la mirada de un amigo». Cerró su discurso con una afirmación: «Es imposible no echarlo de menos» . Tomó después la palabra Andrés Joaquín Egea , actual presidente de Adepa, que inició su semblanza citando a Antonio Machado al sostener que, en el caso del redactor, es importante «hacer un duelo de labor y esperanza. Para Pablo sería fundamental que la antorcha no cayera». Por eso, aprovechó para repasar algunas de las luchas patrimoniales de Sevilla que comentó con Ferrand: «la caída de la Plaza del Duque, la obra en el Palacio de San Telmo que se llevó la huella de los Montpensier, el barrio de San Julián, que fue destruido durante el franquismo…». Entre los recuerdos, también emergió el Pablo más cercano, aquel que «tenía el don extraordinario de la ironía» y que fue «mi maestro; cuando tenía un problema, lo llamaba». Por ello, no dudó en pedir que su ausencia no se traduzca únicamente en tristeza, sino también en un impulso para seguir adelante. Fue la periodista Clara Guzmán quien llevó al público a otro escenario, el periodístico, pues ambos compartieron redacción en ABC de Sevilla. «Un periódico donde se cocían las noticias a fuego lento, pero deprisa», dijo, evocando una época en la que no habían atajos, sino más bien «ayunos de nuevas tecnologías». En esa vorágine de emociones encontradas por la responsabilidad de publicar al día siguiente, Pablo «era un bálsamo cuando llegaba con esa sonrisa y ese andar silencioso» . Y es que -y aquí fue donde se empezó a introducir el humor que el homenajeado llevaba por bandera- «el que hace reír a sus compañeros merece el paraíso. Pablo ya está en el paraíso celestial, y desde allí nos manda un saludo». En esta misma línea, el fotógrafo Tomás Díaz Japón , que también conoció a Ferrand en la redacción de este periódico, evocó una imagen que siempre le ha impresionado: «Nunca se me olvidará que Pablo acariciaba las páginas antes de pasarlas». Asimismo, subrayó su sobresaliente labor como compañero, siempre atento a que texto, imagen, contexto y mirada encajaran. No obstante, si algo ha quedado grabado en su corazón es «su alegría y la forma en que luchaba por las cosas. En él, la esperanza daba paso a la alegría». Concluyó admitiendo que «aún nos debemos un café» . La última intervención fue la de el escritor y periodista -también de este periódico durante 28 años- Ángel Pérez Guerra . Empezó desatando las risas del público al rememorar cuando ni Pablo ni su padre, Manuel Ferrand, fueron capaces de arrancar un coche y tuvieron que llamar a un mecánico que solucionó la avería preguntando: «¿Usted ha echado gasolina al coche?». Aprovechó la anécdota para confesar que «sus bromas ayudaban a vivir». «No lo vi triste», aseguró, pero enseguida añadió que era «porque no lo mostraba», «era su forma de estar para los demás». Antes de soltar el micrófono, lanzó una propuesta: «¿Sería posible que, a la vera de los jardines que llevan el nombre de su padre, el Ayuntamiento colocara pronto una placa que rece Jardines de Pablo Ferrand ?». El acto cerró como a Pablo le habría gustado, con música. De esta manera, la violonchelista Mercedes Ruiz , miembro de la Orquesta Barroca de Sevilla, puso el broche final a una jornada cargada de emoción que confirmó que su legado, su humor y su forma de ver y estar en el mundo permanecen.