La anacronía comienza en el Mar de Galilea cuando en la luz de la tarde acaba de aparecer la primera estrella. Es ya, según la manera de medir el tiempo de los judíos, Domingo de Pascua. Sentado en una orilla cerca de Tiberiades, donde hay piedras con forma de corazón, está un hombre descalzo de pelo castaño que viste una túnica inconsútil. Le ha llegado el álbum procedente de una tierra lejana llamada Sevilla en la que los hombres y las mujeres conmemoran su pasión de manera incomparable. Hay imágenes suyas talladas en madera que representan lo que acaba de suceder. Y de su Madre. Qué guapa está 2.000 años después -piensa- al quedarse mirando un perfil de la Esperanza...
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