Las uvas negras de la plaga, descarnadas en el platillo de Nochevieja como los huesos de la nada en las morgues, han agriado el tictac de estos dos años sin confeti. La vida menor, la anecdótica, transcurre entre el tremor de la carne ahumada al viento de las vedetes en los campanazos, último vestigio folclórico de la España subdesarrollada, y los estribillos con almirez de los negacionistas y curanderos del Covid, antes avistadores de ovnis y aparicionistas marianos de olivar. Pero las cosas grandes están ocultas dentro de las sencillas. Quizás en el páramo de la Alcarria, tapiz de espliego para las abejas que erupcionan coladas de polen. Tal vez en la Hoya de Guadix, donde se derrite Sierra Nevada...
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