Antes de que el caos ferroviario convirtiera su majestuoso vestíbulo en un hormiguero humano de filas alineadas, la estación de Santa Justa lucía como el ejemplo mejor acabado de la moderna arquitectura sevillana. De hecho, su apertura hace treinta y cinco años supuso un símbolo del ingreso de la ciudad en la era contemporánea; fue la primera gran obra inaugurada antes de la Expo, entonces aún a la espera del AVE que iba a transformar la movilidad interurbana. El gran atrio central, con su racionalismo de líneas rectas, sus vidrieras blancas, su pavimento sobrio y su luminosa transparencia la asimilaban a una catedral laica, y las bóvedas de los andenes sugerían la ilusión de rampas de lanzamiento hacia una etapa de renovación estructural largamente esperada. Aún sigue siendo un edificio esencial pese al deterioro funcional que colapsa los espacios en un desorden de masas. Los autores del proyecto, Antonio Cruz y Antonio Ortiz , merecieron entonces el Premio Nacional de Arquitectura que ha vuelto a reconocer este año, esta misma semana, su ya larga y feliz trayectoria de trabajo tanto en el sector público –donde ha brillado más su talento creativo gracias a la disponibilidad de recursos presupuestarios—como en el privado, donde las viviendas de la calle María Coronel, con su patio central curvado, continúan figurando desde 1976 en las revistas sectoriales como un canon inmune al paso de los años. Durante esa amplia carrera han remodelado el Rijksmuseum de Amsterdam, han diseñado el nodo de transportes de Basilea, han construido fábricas, oficinas administrativas y centros universitarios y han demostrado su versatilidad al abordar desafíos de escala como los estadios de la Cartuja y el Metropolitano. Pero sobre todo han creado un sello profesional caracterizado por el rigor técnico, la solvencia de ejecución y la mesura formal en un ámbito demasiado proclive al divismo y el estrellato mediático. Los 'Monchis', su apodo dual, representan esa Sevilla seria tan a menudo preterida en el estereotipo colectivo de la alharaca y la fiesta. La ciudad fina, reservada, discreta, responsable, un punto circunspecta, que mantiene vivo, no sin esfuerzo, el ideal de la mentalidad regeneracionista europea. Ese talante personal se refleja en una expresión física sobria y sincera, de una claridad estructural que se aleja del espectáculo gratuito, de la estridencia y de la ornamentalidad recargada para buscar la integración en el paisaje a través de la elegancia geométrica. Una modernidad contenida, cosmopolita, adaptadiza, capaz de integrar los elementos tradicionales –el patio, el ladrillo visto, los muros ciegos para proteger la dureza climática—sin recurrir a los recursos historicistas en cuya huella se identifica el gusto local como una seña de identidad eterna. Si Santa Justa encarna el epítome de ese estilo de monumentalidad pragmática y eclecticismo sereno, la biblioteca Infanta Elena es el ejemplo de una arquitectura austera y racional basada en sus mismos conceptos. La proximidad al parque de María Luisa permite un juego de integración paisajística pensado con cuidadoso tacto estético, organizado con volúmenes en forma de trapecio levantados sobre una planta compacta iluminada por un amplio patio arbolado en su centro. La experiencia de la lectura y el estudio adquiere así una atmósfera de calma tamizada por la luz natural y la sensación inmediata de confort térmico. Un edificio concebido como pieza de transición entre el verdor de la fronda próxima, la lámina del río y el entorno de los jardines de San Telmo; un modelo despejado que aproxima a Sevilla al ambiente de las universidades del este de los Estados Unidos, al imaginario bostoniano de la reflexión intelectual favorecida por la luz y el silencio. Sin grandilocuencia exterior ni iconos escultóricos deslumbrantes pero con un intenso, concentrado sentido del equilibrio interno. La arquitectura que merecería una ciudad capaz de dialogar con su propia historia desde la evolución y la síntesis imprescindibles en el paradigma de este tiempo. La gran lección de Cruz y Ortiz en la Sevilla actual consiste en la demostración de que es posible avanzar hacia la contemporaneidad sin alejarse de la tradición constructiva y sin caer en la arquitectura-espectáculo. Sus obras locales recogen los elementos clásicos del pasado –el ladrillo, la penumbra, los patios—proyectándolos con un pragmatismo mesurado que renuncia a la impronta regionalista y al pintoresquismo vernáculo para avanzar hacia un lenguaje visual más limpio y depurado. Y a la vez han sabido huir de la vacía respuesta exhibicionista de los iconos escenográficos –el Alamillo, las Setas, la Torre Pelli—que chocan con la mentalidad autóctona provocando reacciones de rechazo. Su propuesta busca la sencillez, no el aplauso; geometría pura, luz sosegada, limpieza de líneas, eficacia tecnológica, comodidad funcional, espacios diáfanos. Una declaración de principios sobre la existencia de un modo distinto de ser y de sentirse sevillanos.