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Dos generaciones, frente al espejo de ETA: «Vivíamos engañados, creíamos que los asesinos eran héroes»

Abc.es 
Azcoitia, 21 de septiembre de 1962. Ramón Baglietto se encontraba en la puerta de su tienda de decoración cuando vio a una mujer caminando por la calle con sus dos hijos. Al pequeño, de once meses, lo llevaba en brazos. El mayor, de 3 años, caminaba a su lado cogido de la mano cuando se le escapó la pelota. Al ver que rodaba hacia la carretera, se zafó de su madre y corrió a buscarla. En un acto reflejo, la progenitora echó a correr para evitar que lo atropellaran. Un segundo antes, Baglietto consiguió coger al bebé y, horrorizado, vio cómo madre e hijo eran arrollados por un camión. Al día siguiente, 'El Diario Vasco' publicaba la noticia en portada y contaba que Baglietto había puesto un crucifijo en la mano de la mujer moribunda al verla tendida en el asfalto junto a su hijo muerto. Meses después, el padre viudo se presentó en la tienda para agradecerle el gesto y devolvérselo. La vida continuó en la localidad guipuzcoana. Murió Franco, se acabó la dictadura y España abrazó la democracia. Habían pasado 18 años cuando, la noche del 12 de mayo de 1980, Baglietto era ametrallado por sorpresa en su coche por un comando de ETA. Regresaba a casa con su mujer y sus dos hijos después de trabajar todo el día en la tienda. Tras perder el control del coche por los disparos, se estrelló contra un árbol y fue rematado con un tiro en la sien por un joven de 18 años. Se llamaba Cándido Azpiazu y era el bebé al que había salvado en 1962. «Lo más terrible es que Cándido lo mató aun sabiendo lo que había hecho por él. Esto te da una idea de cómo ese discurso xenófobo y lleno de odio de ETA, un delirio basado en las pequeñas diferencias, llevó a muchos a matar», explica el dramaturgo y cineasta Jon Viar (Bilbao, 1985) al encontrarnos en el madrileño Parque de El Retiro. Llega con su padre, Iñaki Viar (Bilbao, 1947), un respetado psiquiatra y psicoanalista que, entre 1964 y 1969, militó en la banda terrorista, la misma a la que decidió combatir el resto de su vida tras salir de prisión con la Ley de Amnistía de 1977. Desde entonces, ha sido uno de los críticos más feroces del nacionalismo vasco y de su brazo armado. Hace seis años, Jon estrenó 'Traidores', un documental en el que contaba cómo, de pequeño, descubrió que su padre había sido etarra y cómo trató de encajar ese oscuro pasado mientras convivía con los atentados, las muertes y los secuestros. Ahora regresa con 'Azkoitia' (Lastura), una obra de teatro sobre el asesinato de Baglietto y la posterior lucha de su viuda, Pilar Elías , que se negó a abandonar el pueblo a pesar de las amenazas y de ver cómo Azpiazu abría una cristalería debajo de su casa tras salir de prisión en 1995. Iñaki, por su parte, publica 'El cuento de Vasconia. Mi adiós a la tribu' (Ladera Norte), las memorias en las que narra el «autoengaño» que le llevó a entrar en la banda terrorista con 17 años y en las que analiza los mecanismos del fanatismo, capaces de llevar a un joven como él a entregar su existencia a una causa equivocada. «No creo que haya muchos asesinatos como los de Ramón en la historia de ETA, aunque ese año fue una pesadilla. Es imposible que alguien recuerde todos los muertos de 1980», le comenta Iñaki a su hijo. Fueron 98, el año más sangriento de la historia de ETA. La prensa apenas les dedicaba tres líneas a cada uno. —En una entrevista con 'El País' en 2001, Azpiazu reconoció que mató a Baglietto «por necesidad histórica, por responsabilidad ante un pueblo vasco que es magnífico y que nunca había sido vencido por romanos, visigodos o árabes. Un pueblo muy distinto al de los españoles». Y zanjó: «Estábamos aquí antes que nadie». —Iñaki: Es un delirio. Y es falso que seamos los primeros habitantes del País Vasco. No tiene ninguna base histórica. Solo les sirve para autojustificar los asesinatos. —Jon: Como reflejo en la obra, Cándido se acogió a las medidas de reinserción impulsadas por el Gobierno de Felipe González y, gracias a ello, quedó en libertad. El mundo abertzale lo tachó de traidor a pesar de haber matado por las ideas de ETA. En la entrevista se justificaba por miedo, para acercarse de nuevo al entorno terrorista. —Iñaki: Algo que no suele mencionarse es que esa forma de hablar de Cándido la inventó Sabino Arana. Fue el primero que defendió que el pueblo vasco era especial, el más importante, con la lengua más antigua del mundo y que el resto les fastidiaba. El primero que dijo que no eran españoles. Mantuvo esa idea hasta que murió con 38 años. De ahí vienen todos los asesinatos posteriores. —Es verdad que tenía miedo. En esa misma entrevista, sin que nadie le preguntara, soltó: «¡Yo no delaté a nadie!». —Jon: Claro. Para mí 'Azcoitia' tiene algo de tragedia griega y 'western'. En un sistema de terror totalitario y mafioso como el de ETA, cuando entrabas, nunca salías indemne. —Iñaki: Mira a Yoyes [Dolores González Catarain, dirigente de ETA asesinada por sus compañeros cuando abandonó la organización]. —Jon: Cándido nunca quiso romper con ETA, quizá por eso instaló su cristalería debajo de la casa de Pilar, para demostrar que seguía extorsionando. —Iñaki, ¿usted se autoengañó como Cándido? —Iñaki: Sí, claro. Todos los que entramos en ETA vivíamos autoengañados. Pensábamos que el pueblo vasco era el mejor del mundo. El narcisismo te puede llevar a identificarte con un grupo de asesinos porque crees que son héroes [cuando él entró, ETA no había matado aún]. —Uno de los personajes de 'Azkoitia' dice: «Todo nacionalismo se basa en la idealización de un pasado que nunca existió. Los mitos se convirtieron en discursos de odio y, después, en tiros y bombas. La sangre se derramó para calmar el vacío de la identidad». —Jon: Efectivamente, yo creo que todo nacionalismo, ya sea vasco, catalán, español o turco-chipriota, se basa no solo en la exaltación de lo propio, sino en el rechazo de lo demás. La idealización de un pasado heroico por el que se siente nostalgia siempre me pareció peligrosa, porque impulsa a ciertas personas a pensar que el pasado es suficiente motivo para justificar las atrocidades del presente. —Iñaki: La expresión de «vacío de identidad» es importante, porque toda identidad es un vacío que se llena de palabras. Un vacío que los profetas más siniestros, como Sabino Arana, llenaron de basura y odio. —¿Cuándo empezó a darse cuenta de su «autoengaño»? —Iñaki: Cuando entré en la cárcel a finales de los 60. Me vi de estar en la calle creyendo que formaba parte de un ejército que iba a liberar al pueblo vasco y a tumbar a la dictadura, a verme como un idiota en una celda. Éramos cuatro monos a los que la Policía liquidó en cuatro días. En aquel golpe contra ETA nos detuvieron a muchos [en abril de 1969, la primera gran desarticulación de su cúpula ], pero se volvió a rehacer. Es la historia de la banda: hay detenciones, aparecen otros y hacen lo mismo. Esperemos que no vuelva a ocurrir, que no los saquen a todos y les dé por reconstruir ETA de nuevo. Para Iñaki Viar, todo comenzó en 1964, tras acabar el bachillerato. Tenía 17 años y se marchaba a estudiar Medicina a Valladolid, pero recibió esa desdichada llamada. Era su amigo Jose Echegaray para informarle de que su primo Roberto Lotina y Javier Aya querían reunirse con ellos. «Eran algo mayores, pero pertenecíamos al mismo mundo: hijos de profesionales bien instalados en Bilbao, nacionalistas, cuyas familias habían combatido en el bando republicano durante la Guerra Civil. Éramos una muestra prototípica de lo que fue aquella primera generación de militantes de ETA», recuerda el psiquiatra. Quedaron en el café Iruña y les plantearon entrar. «La organización solo había puesto un explosivo en el monumento a los caídos de Pamplona, realizado algunos sabotajes y colocado ikurriñas en ciertos lugares, pero era desconocida. Su aparición, sin embargo, supuso una novedad importante. Por primera vez los nacionalistas vascos realizaban actos violentos», aclara Iñaki. Aceptaron sin pensarlo: «Así de simple». Y añade un dato relevante: «Todos hablábamos en español, no sabíamos vascuence». Todavía faltaban cuatro años para que ETA cometiera el primero de sus 855 asesinatos, el del guardia civil José Pardines en Villabona (Guipúzcoa). Iñaki fue detenido en 1969 sin haber cometido delitos de sangre. «Yo dejé claro desde el principio que no iba a matar, que no quería que muriese nadie», asegura. —¿Qué es lo que más le atormenta de esos años? —Iñaki: Aunque tenía 17 años, los errores que cometí por cobardía y que me impidieron pensar con claridad y actuar con dignidad. Hablo de la cobardía moral, pensar que si lo dejaba me descalificarían. Puedes tener miedo y, a la vez, oponerte cuando sabes que algo está mal. Yo, al final, me opuse. —¿Fue traumático para usted darse cuenta de su autoengaño? —Iñaki: No diría «traumático», a pesar de que sufrí bastante en esa época. Darme cuenta de la realidad, creer en ella y defenderla me quitó la pena. Sostener esa nueva verdad fue muy importante para mí. —Jon: Hay un aspecto interesante que queda reflejado en 'Azcoitia'. Tú, aita, venías de una familia vinculada al nacionalismo vasco desde el siglo XIX, pero resulta curioso que una gran parte del carlismo rural de Guipúzcoa que había sido próximo al franquismo se pasó al nacionalismo vasco radical después de 1959. No al PNV, repito, sino al nacionalismo más radical. Muchos etarras que asesinaron en 1979 y 1980, la generación posterior a la tuya, venían de familias carlista-franquistas. Me acuerdo de Izko de la Iglesia, quien disparó a Melitón Manzanas. No sé si puedo decir eso… —Iñaki: Claro que puedes... —Jon: El hermano de Izko de la Iglesia, que había sido alcalde durante el franquismo, se pasó a Herri Batasuna (HB). Y el mismo Izko, tras abandonar ETA, se pasó a Euskadiko Ezkerra (EE) y los de Jarrai [organización juvenil de la izquierda abertzale] le quemaron su cafetería dos veces y se tuvo que marchar. Con esto quiero decir que no tenía nada que ver con Irlanda del Norte, donde había dos comunidades separadas físicamente. En el País Vasco se mezclaban en los barrios miembros de ideologías opuestas. Txillardegi [José Luis Álvarez Emparanza], uno de los fundadores de ETA, tenía un hermano que era de Alianza Popular. Pero parece ser que el deber con la patria, esa palabra tan pesada, a veces es más fuerte que la humanidad. —Pilar Elías tuvo que ver cómo el asesino de su marido, tras salir de la cárcel, abría una cristalería en la puerta de su casa. En la obra, Jon, lo describe como una «tragedia griega». —Jon: Así es. Pilar ya era concejal del PP en Azcoitia y su vida estaba en riesgo. Sus hijos, que ya habían visto morir a su padre, no lo soportaron y se marcharon del pueblo a rehacer sus vidas… —Iñaki: Es terrible. Y la resistencia de Pilar, admirable. —Jon: Sí, tiene algo de Antígona [la mujer que desafía al rey Creonte en la tragedia homónima de Sófocles]. En un principio no tenía una gran inquietud política, a diferencia de su marido, que era militante de UCD. Aun así, permaneció en Azcoitia para honrarle e intentar impedir que los asesinos triunfasen. Se convirtió en la voz de los que condenaban los crímenes y la extorsión y de los que criticaban el proyecto ideológico, racista y supremacista que había detrás, el cual no debía tener cabida en una democracia como la nuestra. —También era común que las víctimas tuvieran que discutir en los parlamentos democráticos con los terroristas. «Pilar se ha despertado pronto para afrontar el absurdo que le espera», cuenta la obra de teatro. —Jon: Ese «absurdo» estaba ahí. También cuando vemos hoy cómo se ha blanqueado a personas que han cometido crímenes o señalado a quien se debía asesinar y han podido presentarse a las elecciones. Hasta podrían llegar a ser la primera fuerza política del País Vasco. Ese absurdo se refleja bien en 'Azkoitia' y, por desgracia, todavía lo vemos hoy. —¿A quién se refiere? —Jon: Mmmmm… A Floren Aoiz [portavoz de Herri Batasuna en los años 90 y uno de los dirigentes más radicales de la izquierda abertzale], así como a otros candidatos de las próximas elecciones. —Iñaki: Son situaciones perversas. Calificarlo sólo de «absurdo» es maquillarlo, porque el alcalde que deja hablar a un asesino de ETA en el Pleno está cometiendo un acto de perversión y usando la ley de manera indebida. Hay también algo perverso en que una diputada de Bildu que marcaba los objetivos de la banda terrorista haya estado en las Cortes una legislatura o más. —Jon: Hay algo peor en los sectores de la población que elogian a una persona como Mertxe Aizpurua [portavoz de EH Bildu en el Congreso de los Diputados], que señalaba a periodistas, jueces y políticos para que ETA los asesinara. No se me ocurre mayor degradación del sistema democrático y de la convivencia.

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