No es tan frecuente como parece que un reconocimiento oficial levante una oleada generalizada de felicitaciones al galardonado. En el mundo de la cultura en general, y en especial del espectáculo, las rivalidades se llevan hasta el extremo y los plácemes se escatiman. Pero la medalla de oro al Mérito en las Bellas Artes a la compañía teatral La Cuadra de Salvador Távora en octubre de hace cuarenta años fue uno de esos casos excepcionales en los que el aplauso se hizo unánime. La portada de ABC del 25 de octubre así lo hacía saber: «Oro para el teatro andaluz» titulaba el periódico calando el texto sobre una foto de Távora y su compañía a las puertas del teatro Lope de Vega, en obras aquel otoño de 1986, posando entre pilas de ladrillos, sobre bovedillas y con la grúa a sus espaldas. No podía haber mejor escenario que ese para una compañía que había llevado al teatro la denuncia social con 'Quejío', el legendario montaje en torno al flamenco en vida de Franco, o 'Herramientas' con una hormigonera funcionando sobre las tablas. Un pequeño editorial sancionaba la impresión general de que el galardón a Távora y a su compañía teatral podía hacerse extensivo a las artes escénicas andaluzas en general: «Un reconocimiento a la espléndida labor de renovación cultural desarrollada por Salvador Távora en los últimos tres lustros, y por extensión, un premio a la totalidad del nuevo teatro andaluz que busca modernas formas de expresión, la mayoría de las veces en medio de la incomprensión, cuando no de la indigencia». El oro de la medalla de Bellas Artes adquirió pronto el tono de la reivindicación y del agravio comparativo con que se fraguó el autogobierno andaluz mucho antes de que el mastodonte administrativo de la Junta detuviera todas las inercias. Decía Manuel Barrios en el suplemento literario de ABC de aquella semana con aire de protestación -nunca más atinado el verbo- de fe en la blanca y verde: «Creo en Andalucía, todopoderosa antes de la depredación y el vasallaje. Creadora del cielo en la esperanza y de la tierra en la sed. Concebida por obra y gracia del espíritu, nació de la luz virgen. Padeció bajo todos los poderes. Fue crucificada, muerta, sepultada y descendió a los infiernos del paro, de la emigración y del hambre. Pero ha de resucitar de entre los muertos por siempre y para siempre. Que así sea. Que así tendrá que ser». Y remataba el elogio de Távora de esta manera: «Con la verdad desnuda por delante, mientras los demás continúan inventándose una ramplona Andalucía de urgencia -¿qué pueden saber de Andalucía quienes no partieron el pan con el pueblo?- y Salvador sigue haciendo algo tan serio y tan digno como es arrancarse las espinas sin agachar la cabeza». El lunes 27 de octubre de 1986, en el Museo del Prado, el Rey Don Juan Carlos entregó las medallas de Bellas Artes de aquel año (Miró, Jonathan Brown, Rafael Lapesa, José María Rodero, Juan Antonio Bardem, Luis de Pablo…) que había decidido el Ministerio de Cultura de Javier Solana. Las palabras regias parecían encajar como un guante en la trayectoria de La Cuadra: «Os ha correspondido a vosotros la muy noble misión de c onvertir en arte las aspiraciones de la sociedad y también sus angustias y frustraciones». La Andalucía que se ponía en pie durante la Transición estaba sobrada de unas y de otras. Y Távora había sido, por méritos propios, su gran develador.