Imaginemos que un ejecutivo introduce en la IA un documento confidencial de su empresa para mejorarlo. Contiene un enfoque original que puede proporcionar una ventaja competitiva. Tiempo después, un tercero formula una pregunta semejante a la misma IA y recibe una respuesta que reproduce aquella idea. ¿Ha traicionado la máquina el secreto empresarial? ¿Estamos ante una nueva modalidad de espionaje industrial? La historia resulta verosímil porque encaja con nuestros temores sobre una tecnología cuyo funcionamiento apenas comprendemos. Pero tiene un problema: los modelos de IA generativa no aprenden de cada conversación en tiempo real. Sus parámetros permanecen inalterados durante su utilización ordinaria. La información introducida por un usuario no pasa a estar disponible para los demás de inmediato. Para que...
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