Ocurre que hay quien celebra la actual violencia callejera porque, dicen, se defienden los derechos del pueblo y combate la ultraderecha. Para lograr tan loables objetivos es imprescindible, parece, destrozar el patrimonio de todos, saquear negocios e impedir, mediante la coacción, la amenaza y la fuerza que quien opine diferente pueda expresar en voz alta sus ideas. A una señora, la francesa turba enfurecida (correctamente enfurecida) amenazaba con violaciones. «Daños colaterales», le explicaba una feminista activista del bien, porque a la señora no le convencía del todo la idea. Daños colaterales también son, parece, un autónomo viendo arder su negocio, una inmigrante china con el rostro desfigurado, el dueño de una tienda de tebeos pateado tras desvalijarlo. Una rubia muy...
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