Es lógico considerar que todas las dictaduras que han coexistido en nuestro mundo a lo largo de la Historia de la Humanidad han generado recta doctrina de obligado cumplimiento a la que toda la ciudadanía y siempre bajo temor de represión o muerte, debía someterse. Los sistemas de pensamiento emanados del fascismo y del marxismo, que, por cierto, éste último, bebe de las fuentes ideológicas del fascismo, fueron los más significativos en ente ámbito de imposiciones, con un amplio reguero de destrucción y muerte y con una crueldad en ambos modelos que sobrecoge a propios y extraños. El Parlamento Europeo aprobó una Resolución el 19 de septiembre de 2019 en la que se afirma que los regímenes nazi y comunista llevaron a cabo asesinatos en masa, genocidios y deportaciones. La siempre laureada Revolución Francesa de 1789 enseñó el camino a todos los sátrapas iluminados…de maldad infinita. En esta Francia revolucionaria se destapó la 'era del Terror' con decapitaciones masivas entre septiembre de 1793 y julio de 1794 de 40.000 personas según las cifras más acotadas por la historiografía profesional. Después, en la llamada Guerra de la Vendée entre 1793 y 1796 de los revolucionarios contra la rebelión católica generó 150.000 cadáveres. Sin olvidarnos del dictador Napoleón y su brutal represión. Pol Pot en la Camboya comunista, ejecutó a 2,5 millones de compatriotas entre 1975 y 1979 como maestro grande en la destrucción del ser humano, al igual que Mao Tse Tung al cual se le asignan 13 millones de decesos por sus políticas abusivas, en ambos casos en etapa más reciente. Tenemos suerte, en consecuencia, de vivir en sociedades modernas y abiertas, sustentadas en el liberalismo democrático al amparo del moderno capitalismo en el ámbito occidental fuera de la era del comunismo y del fascismo. Máxime cuando cohabitamos en la Unión Europea, el espacio más democrático del planeta y en el que las libertades individuales y colectivas son mucho más amplias y significativas que en cualquier otro lugar. En este espacio unionista domina una estructura de pensamiento, palabra y obra absolutamente libérrima. Incluso se pueden penalizar y encarcelar aquellas personas que en la práctica incitan al odio político-social o al totalitarismo. Lo cual, a nosotros, nos parece muy acertado. Pero en la práctica ciudadana y en cada país hay formas de entender el mundo dominante, a tenor de su estructura social e ideológica global, independientemente de los resultados electorales. Así, en nuestra opinión, por ejemplo, España, Italia y Portugal escoran hacia un espacio de centroizquierda político, gracias también, pensamos, a los influjos de la iglesia católica, que insiste siempre en defender al más débil, aunque éste no cumpla, en ocasiones, con sus obligaciones convivenciales en sociedad. Discrepo de quienes sustentan que Francia es una nación de estructura social socialdemócrata/comunista. Recuérdese que la ideología fascista nació aquí de la mano del filósofo francés Georges Sorel (1847-1922). Y durante la II Guerra Mundial el gobierno que más colaboró con el nazismo fue el galo. En la actualidad las corrientes neofascistas en esta nación están al alza. En cambio, Hungría y Polonia se articulan en torno a ambientación política general de centroderecha, por ejemplo. En los países con estructura social de centro-izquierda con rebozo minoritario pero influente neomarxista hay un pensamiento dominante que planea en todos los ámbitos convivenciales, societarios, amicales y familiares. Así, lo común es considerar que Occidente es la sociedad culpable de todos los males del planeta tierra y del universo exterior, especialmente de las naciones no desarrolladas. Por supuesto sin criticar nunca las políticas nefastas, y muchas veces sangrientas de infinitos gobiernos africanos, asiáticos e iberoamericanos. Así que para ser un buen progresista en nuestro país hay que repudiar la bandera española que se instauró en 1785, por identificarla con el franquismo, se insinúa. Se sustituye emocionalmente por la republicana. En esta línea, conviene primar más lo regional frente al concepto de patria nacional. El igualitarismo extremo ha de sobrepasar la línea plana frente al esfuerzo en una España definida como nación de naciones. También hay que apoyar la inmigración ilegal como derecho universal para permitir que en nuestra sociedad entre quien lo desee para que aquí se encuentre el bienestar que todo ser humano se merece, se afirma. Al igual que se sustenta que el bienestar socioeconómico viene de la mano de subir impuestos a los que ingresan más de 60.000 euros y asaltar con gravámenes a las empresas, especialmente a las de altos beneficios, pero también a los autónomos. Para, de paso hacer crecer el número de empleados públicos y funcionarios. También conviene, para estar en la onda, echar la culpa de todos los males de la naturaleza al cambio climático de carácter antrópico, odiar a EE.UU., al capitalismo global y a Israel, y amar profundamente a la Cuba de los hermanos Castro. Los movimientos LGTBI y todo lo relacionado con el género y el feminismo ha de tener prioridad social, política y sobre todo económica. Como prioridad económica han de tener las rentas que el Estado español otorga a casi cuatro millones de españoles en todas sus variantes y subvenciones de ingresos no productivas para las clases sociales más pauperizadas. Unido al derecho que se tiene a asaltar casas vacías de propietarios que ven como sus inmuebles son invadidos, y muchas veces destrozados con total impunidad e inmunidad. Y con pasión afirmaremos que nuestra historia siempre ha sido un desastre excepto en el gobierno de la II República española (1931-1936) donde todo fue maravilloso o en el único reinado que se respeta, el de Carlos III (1759-1788), sobre todo porque expulsó a los jesuitas en 1767. Además, nuestra presencia en América fue genocida, es preciso añadir. Porque precisamente las libertades y el progreso –nos enseñan– vienen de Francia e Inglaterra, toda vez que de la Iglesia católica solo llega retraso y fatalidades sociales. Espero, estimado lector, no haberme dejado ninguno de los tópicos habituales del dominante pensamiento global popular de nuestro país, pletórico de clichés que como una fila de dominó se desmontan uno tras otro. Reconozco que cada vez somos más los que nos atrevemos a cuestionar estas «verdades de la ideología correcta del lado bueno de la historia» que se transfieren en cada reunión familiar o amical, informativa y política aún a riesgo de excomunión laica si no se comulga con sus dogmas. Le deseo suerte en el intento, que requiere dosis de valentía bien significativas para sobrevivir en la cotidiana deriva de cada jornada.