Subo el
Portilhon desde Bossòst, no hay nada comparable a la
Vall d’Aran en verano. La carretera gana altura poco a poco, protegida por el bosque, hasta que las últimas curvas empiezan a exigir algo más. Pedaleo sin demasiada prisa. Quizá sea precisamente eso lo que más me gusta del ciclismo. Durante unas horas el mundo se vuelve extraordinariamente sencillo. La pendiente, la respiración, la siguiente curva. El trabajo, las obligaciones y las preocupaciones del día a día se quedan en algún lugar varios kilómetros más abajo.
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