Puede que el verano sea el momento de los aeropuertos. La verdad es que son lugares que no están hechos para la poesía. Uno llega con sueño, con prisa, con una maleta que pesa tres kilos más de lo permitido y con la sospecha de que el café va a costar lo mismo que el billete. Hay niños dormidos encima de las maletas, matrimonios que comienzan las vacaciones discutiendo por los pasaportes y tipos con pinganillo que recorren la terminal hablando de una reunión importantísima que seguramente podría resolverse con un correo electrónico. También carros con una rueda que funciona mal y papeleras llenas de cigarros en las puertas. Pero en la T4 de Barajas, además, miramos hacia arriba. Hace...
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