Infantino convoca en Rabat a su guardia de corps para apuntalar lo que le queda de poder. El gesto es en sí mismo una confesión. Nadie convoca una cumbre con sus lugartenientes –de Grafström a García Silvero– cuando la casa está en orden. La convoca cuando su plan estrella, la privatización parcial del negocio del Mundial, ha caído fulminado por el rechazo de la UEFA y por una desbandada interna que ya no se limita a susurros de pasillo. Que Arsène Wenger se desmarcara públicamente, o que el propio secretario general calificara el episodio de «serie de acontecimientos tristes y reprobables», no son ruidos menores: son síntomas de un liderazgo que ha dejado de escuchar a su propia estructura. A la acusación de «chantaje» lanzada por el príncipe jordano Ali bin al-Hussein se une The Times asegurando que ha ofrecido la final a Marruecos a cambio de respaldo. La FIFA no puede permitirse esta situación siete meses antes de las elecciones. La reunión de Rabat no resuelve nada de fondo: solo confirma que el presidente de la FIFA gobierna cada vez más para su círculo y cada vez menos para sus federaciones.