La situación política española pone de manifiesto una debilidad estructural de nuestro sistema institucional: la dificultad para articular mayorías nacionales estables sin depender de formaciones cuyo proyecto político no se dirige al conjunto de los ciudadanos, sino a intereses territoriales. El problema no reside en la pluralidad, que es consustancial a toda democracia, sino en que partidos con un respaldo muy limitado en el conjunto de España puedan adquirir una capacidad de decisión desproporcionada sobre cuestiones esenciales. La gobernabilidad nacional queda condicionada por fuerzas que, en ocasiones, buscan obtener ventajas particulares. Esta situación tiene mucho que ver con nuestro sistema electoral. La combinación de circunscripciones provinciales, reparto mediante la fórmula D'Hondt y ausencia de una barrera electoral nacional permite que formaciones con una implantación territorial concentrada obtengan una influencia decisiva en el Congreso, mientras otros votos de ámbito nacional quedan penalizados o dispersos. España no necesita inventar nada para abordar este debate. Diversas democracias europeas han incorporado mecanismos destinados a equilibrar pluralismo y estabilidad. Alemania, por ejemplo, establece una barrera federal del 5 por ciento para acceder al Bundestag, con el objetivo de evitar una fragmentación excesiva de la representación parlamentaria. Otros países europeos han introducido umbrales que favorecen mayorías de gobierno más coherentes. Es hora de abrir una reflexión serena sobre la reforma de nuestro sistema electoral. No se trata de excluir sensibilidades territoriales ni de empobrecer el pluralismo, sino de garantizar que quienes resulten decisivos en la gobernabilidad de España representen una parte significativa del cuerpo electoral nacional. La democracia no solo exige representación; exige también estabilidad, responsabilidad y sentido de Estado. Y cuando un sistema convierte a minorías muy reducidas en árbitros permanentes de la política nacional, ese sistema merece, al menos, ser revisado. Eduardo Moreno. Madrid