Paco Collado: «Para dedicarte a esto tienes que estar como una cabra»
Fue camarero, albañil, segurata, hasta que debutó en televisión hace cuatro décadas y desde entonces lleva en esa cosa marciana que es hacer reír a la gente. Se hizo popular en el ya extinto «La hora de José Mota» gracias a personajes como el Aberroncho, Burriagas y Ricardo Boquerone. Ha participado en una veintena de películas y recorre el país con distintos espectáculos, en algunos junto a su hija, Rocío Collado, cantante.
Actor, humorista, superviviente. ¿Le parece un buen lema para su tarjeta de visita?
Sí, sí, sí. Me parece fenomenal. Creo que esa frase me retrata totalmente.
Porque ¿del humor se vive o se malvive?
Ni se vive ni se malvive, se sobrevive, como apuntabas. Ahora, por ejemplo, tenía varias actuaciones y resulta que el muchacho que nos las daba está en coma por un ictus. Y uno de la oficina me llama y me dice: «Paco, mira, perdóname, te teníamos preparados Burgos, Ávila, Salamanca…, y es que ha pasado esto», y entonces he tenido que hablar con varios alcaldes y concejales y todos: «Sí, hombre, el Aberroncho, por supuesto». Y ahí estoy, pues eso: sobreviviendo.
¿Escribir un monólogo es como escribir un libro de relatos para ser contados?
Uf. El monólogo es muy difícil, macho, muy muy difícil. Yo vi un monólogo de Dani Delacámara, que aparte de buen compañero es un tío cojonudo, y el Mago More, que estaba conmigo, me dijo: «Paco, ¿sabes cuánto ha tardado en escribirlo? Dos años», y no me extrañó nada porque era brutal; una hora y media sin parar, muy gracioso. Hacer un monólogo te puede llevar, mínimo, dos meses. Y luego tienes que ir afilándolo para que te quede bien. Yo me considero un showman. Ahora he estado escribiendo para el espectáculo nuevo, que se llama The Collado’s Project, en el que hago distintas imitaciones y meto a todos mis personajes más conocidos, y en el que me acompaña mi hija, Rocío, que canta como los ángeles.
Lleva muchos años ligado a José Mota. Un patrono así eclipsa a la fuerza. ¿Cómo se logra la independencia, desvincularse, triunfar por su cuenta?
Creo que eso me va a perseguir toda la vida. A los personajes que se dieron a conocer en el programa de José Mota les tengo mucho cariño y les estoy muy agradecido, porque hay mucha gente a la que les encantan y yo trabajo con ellos. Me imagino que a Anthony Hopkins muchos lo llamarán Hannibal el Caníbal, ja, ja, y fíjate la filmografía que tiene ese hombre. Y en el momento en que dices Pancho Varona te contestan: «Sí, claro, el guitarrista de Sabina». Cuando Pancho –hoy sin relación con Sabina– hace sus propias actuaciones y es un musicazo, pero para todo el mundo será siempre «el guitarrista de Sabina».
¿Usted con qué se parte de risa?
A mí siempre me han gustado mucho Les Luthiers, me partía con ellos, me parecen geniales, es un humor de la hostia. Y, por supuesto, la locura de Mota, que está como una cabra, igual que yo. Porque para dedicarte a esto tienes que estar como una cabra. Y me he echado charlas con Mota de acabar llorando los dos de la risa.
¿Alguna vez ha llegado a interpretar papeles dramáticos?
En películas no, pero hice una obra de teatro hace mucho tiempo, en Lavapiés, que se llamaba «El carro de heno o el inventor de la guillotina», de Camilo José Cela, y ahí hacía un papel serio. Y el que hago en «El pueblo» es semiserio, aunque la serie es un pelín comedia. Pero sí que me gustaría hacer papeles dramáticos. Como hizo Alfredo Landa, por ejemplo, en «El crack», que es una maravilla. O como Andrés Pajares en «¡Ay, Carmela!», que le dieron el Goya porque ahí el tío estuvo sembrado.
En España, actores clásicos de comedia han obtenido premios y reputación cuando se han pasado al drama. ¿Por qué la comedia, más compleja de interpretar, no nos la tomamos en serio?
Sí, es verdad, es una cosa muy extraña. Es un poco como «bueno, este está ahí haciendo el tonto un rato y ya está». Y perdona, pero no. Tú llegas a un teatro, te pones a llorar y el otro actor te pregunta qué ha pasado y le dices: «Mi madre ha muerto», y, automáticamente, el que lo está viendo pilla una tristeza de la leche. Le transmites el sentimiento de la muerte de la madre y eso, para un espectador, es tremendo. Pero ahora coge al hombre que acaba de llegar a casa y que está hasta las narices de poner ladrillos, pasando un calor o un frío de la leche, y le dice su mujer: «Anda, cariño, llévame al teatro a ver al humorista este». Bueno, pues si le haces reír a ese, al que ha estado poniendo ladrillos, es que eres un humorista de la hostia. Porque es muy difícil hacer reír a la gente. Lo más difícil.
Esta sección lleva por título «¿Tienes fuego?». Señor Collado, ¿tiene fuego?
Sí, claro. Cuando me preguntan por qué me dediqué a este oficio siempre cuento que cuando era pequeño y jugaba al fútbol con mis amigos, después del partido los reunía a todos en las escaleras del portal y les decía: «Os voy a contar un chiste. Mira, resulta que llega uno y le dice a otro…». Esos fueron mis comienzos en el humor, de chaval. ¿Cómo no voy a tener fuego?