Camarón, compás en las venas y sangre en las manos
Como el Cristo de los Gitanos, Camarón de la Isla sangraba por las manos. Entre sus dedos y pulseras de oro se derramaba alguna que otra gota producto no de dolor ni de clavos, pero sí de pasión y entrega. «Con las uñas, y por el esfuerzo que hacía, se hacía sangre en las manos. Le costaba subirse a un escenario, pero cuando lo hacía terminaba dándolo todo. Cuando cantaba, las barras se vaciaban, ni el camarero quedaba, y el silencio era sepulcral. Es algo impresionante, de ser un genio», recuerda a este diario Dolores Montoya «La Chispa», viuda de un cantaor que fue historia del flamenco y del pueblo gitano, y que también fue padre, esposo... ser humano al fin y al cabo. Se conocieron cuando ella tenía sólo 14 años. «Yo era una mozita, una adolescentita, y le gusté. Pero era muy pequeña. Él me estuvo esperando, y me casé con 16 años, mientras iba al colegio», resume. Lleva ya 34 años con el título de viuda, y le echa de menos, dice, «a todas horas». Pero también sigue disfrutando y encabezando todo homenaje que lleva a José Monje (1950-1992) por bandera. Fue un mito en vida, y su leyenda sigue agrandándose sin atender a las prisas del tiempo. Ejemplo de ello es un acto que tendrá lugar a finales de año, y que reunirá a los más grandes nombres del flamenco y de la música –consolidados y emergentes– para celebrar el legado de tan gigante artista.
«Por Camarón - 75 aniversario» se celebrará el 1 de diciembre, y será un concierto único en su especie. Constará de tres actos, «El legado», «La raíz» y «Revolución y leyenda», en los que actuarán artistas que admiran al cantaor, o que mantienen vivo el flamenco a través de lo que el gran José hizo posible: cuidarlo como un arte que respira evolución, que inspira tradición y expira mirando hacia el futuro. Pues esta música significa vuelta al pasado, pero también es innovación, es adaptación, revisita y cambio. Así lo hizo crecer Camarón con discos como «La leyenda del tiempo» (1979), que «cambió las cosas», recuerda La Chispa, «cuando él se vio libre de poder hacer lo que quisiera, rompió con todos los moldes». En dicho álbum, el artista trabajó junto a Ricardo Pachón, productor y figura fundamental del flamenco de la época, y quien también venía impulsando el imprescindible rock andaluz de la mano de grupos como Smash. Hasta este trabajo, en el que Camarón cantaba «La Tarara» o «Romance del Amargo», su trayectoria había estado definida por sus lanzamientos junto a Paco de Lucía y el padre del guitarrista, Antonio Sánchez Pecino. Una época también de esplendor y brillo artístico, pues «lo de esos dos (Camarón y Paco) no se verá más. Se inspiraban mucho el uno con el otro», apunta La Chispa. Juntos grabaron doce discos de estudio. No obstante, el éxito y la unicidad de sus colaboraciones no fue proporcional a la riqueza ganada, o así lo matiza la viuda: «Mi marido sabía las cuatro reglas para escribir. Él hizo la comunión y ya no fue más al colegio, entonces vivió algún abuso económico. Como él ganaba en los directos, no echó mucha cuenta a los ‘‘royalties’’. Tampoco sabía que se iba a morir con 41 años, si no lo habría arreglado. No fue dejadez suya, sino falta de tiempo».
Vicente Amigo, Sara Baras, Tomatito, Carmen Linares, Israel Fernández, Ángeles Toledano, Kiko Veneno, Raimundo Amador, José Mercé, Miguel Poveda, Pablo Alborán, Pablo López, Antonio Carmona... La batería de artistas que actuarán en el homenaje que acogerá el Movistar Arena de Madrid es de primera fila. Un espectáculo que, además, avanza Antonio Luna, director del proyecto, «pretende ser una experiencia visual, emocional y narrativa». Se ofrecerá para un aforo de 10.800 entradas, todas con asiento, y «no será un desfile de artistas al uso. Contará con la presencia de Camarón, estará allí cantando. Habrá momentos recreados a nivel audiovisual, y con otros artistas que no vamos a desvelar». Un despliegue en homenaje a un hombre al que, por cierto, «le gustaba pasar inadvertido», dice Montoya, «no le gustaba el bombo que le damos. Pero sí que le habría gustado ser testigo de este concierto, claro que sí. Si grande fue vivo, él ha ido creciendo. Es un orgullo para la familia que sea un artista valorado en el mundo entero».
Si bien cada artista que participará en homenaje cuenta con su propia impronta estilística, todos comparten algo y es ese gran respeto hacia el cantaor de San Fernando. Así lo verbaliza Israel Fernández: «Camarón lo es todo para mí. Desde que nací, en mi familia siempre ha estado presente. Si no lo hubiese escuchado, yo no sería nadie. Muchas veces, cuando me pierdo musicalmente, siempre me encuentro en él. Es el espejo donde me miro, hasta en los gestos». Si bien apenas hay artista ligado al flamenco que no lo haya hecho, cantar por Camarón no debe darse por sentado. «Es muy difícil», asegura Fernández, «con él pasa como con Michael Jackson, que es otro artista muy ‘‘copiado’’, pero es imposible hacer nada como ellos». Un talento el de Camarón con el que, asegura La Chispa, «no se aprende, con eso se nace. Él sabía que todos los instrumentos de la música podían hacer flamenco. Mi marido escuchaba Ravi Shankar y a otros muchos artistas que le inspiraban y de los que aprendía. Pero el cante tiene que nacer. El compás que tenía Camarón... ¿tú distingues algún cante por alegría de otro artísta? Él sí se diferenciaba».
De carne, sangre y hueso
Se trata Camarón de la Isla, por tanto y nunca mejor dicho, de una leyenda que vive en contra del paso del tiempo. Pero no debe quedar en el olvido, ni se debe pasar por alto, que detrás del genio había un hombre de carne (sangre) y hueso, y que vivió demasiado poco. Pero intensamente. José Monje falleció el 2 de julio de 1992, tras padecer un cáncer de pulmón avanzado, que le produjo un fallo multiorgánico. «Fumaba muchísimo», recuerda su viuda, «tres o cuatro paquetes al día. Pocas fotos tengo de él sin un cigarro en la mano», apunta, tras enseñar durante la entrevista con este diario alguna de las imágenes junto a su marido que guarda con cariño en su móvil: de los dos juntos, felices, sonrientes, con el inevitable brillo de la juventud y del amor correspondido. En una de ellas, aparece el cantaor mirando a cámara, y con el menor de sus hijos en brazos: «Esto fue 20 días antes de morirse», lamenta Montoya, realzando que «yo tengo mi conciencia muy tranquila, porque fuimos a todas las clínicas posibles para tratarle. Él nunca fue de ir al médico, no quería ni que le miraran la garganta. Pero al final, pobrecito mío, tan joven... gracias a Dios, murió limpio de todo, excepto del tabaco».
A todo genio de muerte temprana le rodean rumores y oscuras teorías. Pero dice La Chispa que fue «en esa época negra de la que hablan» cuando, por ejemplo, «grabó las sevillanas de Saura, tan preciosas y difíciles de cantar. Nadie las interpreta así». Lo más importante, continúa, «es que él vivió su vida como quiso. Recuerdo una mañana que se fue con Curro Romero y sus amigos a Jerez, a torear vaquillas, y se tiraron tres o cuatro días por ahí. Me llamaron preguntando por Curro, que tenía que torear. Cuando volvían, se acostaba y dormía durante días. Pero después yo le recordaba que tenía que cantar varios días seguidos, y también lo hacía. Vivía la vida como lo hace hoy todo el mundo», recuerda, asegurando que seguirá en su labor de hacer justicia al nombre de su marido. A un artista que sabía que el cante flamenco era juerga y disfrute, pero también disciplina y sentimiento. Y sangre, derramada con compás desde el corazón hacia las palmas de las manos.
Un genio presumido (y con chándal)
Desde su propia experiencia, asegura La Chispa que «a los genios hay que entenderlos con la mirada». Es decir, hay que aprender a conocerlos. Recalca que en casa era «muy buen padre. Le daba a sus niños todo lo que le gustaba, lo que él cuando era pequeño no podía tener». Murió su padre cuando era un niño, lo que le hizo salir a buscar trabajo. «Le gustaban mucho los toros, pero se dio cuenta de que era más fácil mantener a los suyos con el cante». Fue así cómo le fueron descubriendo Manolo Caracol, Juanito Valderrama, Bambino, Paco Cepero y hasta Paco de Lucía. Unos artistas que entonces sentían profunda curiosidad por aquel joven de arte impredecible y de aspecto moderno. Pues si hay otro legado de Camarón más allá del musical es el estilístico. Sus rizos son característicos, aunque «tenía muchos cambios de imagen –recuerda Montoya–, y todo el mundo le seguía. Las gafas, la ropa... Él se ponía un chándal para pasear por el río Sena en París cuando nadie lo hacía. O unas zapatillas deportivas con traje. Todo lo que se ponía le quedaba bien. Le gustaba cambiar, y era presumido, pero también era generoso. Si llevaba un colgante de oro y le gustaba a alguien, se lo daba. Hoy se estila presumir por estar en la cima. Pero cuidado, porque hasta los castillos más grandes se derrumban».