Sabíamos que el verano iba a ser especialmente complicado en materia de incendios forestales. Apenas ha transcurrido un mes y ya hemos soportado cuatro olas de calor, precedidas por una primavera excepcionalmente lluviosa que dejó los montes con una carga de combustible muy superior a la habitual. Contábamos con los pirómanos, auténticos delincuentes a los que hay que perseguir con toda la dureza de la ley. También con quienes desprecian las advertencias y, por imprudencia, terminan provocando tragedias. Lo que nadie podía imaginar era la magnitud y la violencia de los incendios de Madrid y Ávila, que han dejado una profunda huella ambiental, económica y emocional en miles de personas. Frente a la devastación, al menos queda un motivo para...
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