No eran unos cualquiera. Cuenta el historiador Gayo Suetonio en su 'Vida de los doce Césares' que los gladiadores –los buenos, al menos– eran elogiados hasta que la voz del público se tornaba ronca y sus palmas enrojecían de aplaudir. Y pone como ejemplo a un atleta llamado Prío ; un tipo al que, «después de una brillante victoria, […] el pueblo le alabó con entusiasmo». Hasta tal punto llegó el fervor, que el mismísimo emperador sintió envidia. «Calígula salió tan apresuradamente del espectáculo que, pisándose la toga, cayó desde lo alto de las gradas, y exclamó con indignación que el pueblo honraba más a un gladiador por un fútil motivo que a la sagrada memoria de los césares», escribió....
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