Sonaban los acordes del Himno Nacional mientras las banderas se anudaban al mástil. Y ya podrían haberse arrebujado todas las vulgaridades de aquel tostón de tarde con una corrida manejable pero vulgar, a tono con las faenas. Soplaba con fuerza el viento del nordeste y aquel oleaje del Sardinero, con la bandera roja clavada, se sentía en la plaza. Una gozada para los tendidos, pero no tanto para los toreros. Como una sábana en el tendedero de una pradera se movía el capote de Talavante antes del trámite de varas, que Salmarina no andaba para grandes puyazos (tampoco sus hermanos). Suave la lidia de Ambel, sin bajar en exceso las telas, pues a la mínima el castaño doblaba las manos....
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