Marcia Madrigal explora la memoria y el tiempo en su nueva exposición
Marcia Madrigal Guardia hace una pintura reflexiva sobre los sentimientos y estados de ánimo, profundamente psicológica, pero racionalmente controlada. Las apariencias engañan: sobre un paisaje luminoso de nubes sin tiempo se abren grietas por donde se cuelan gritos, susurros, recuerdos, miedos. El revés del mundo a través de puertas y ventanas por donde circula un caudal de vida palpitante. Es pintura para escuchar y especular sobre el tiempo y su disolución.
La obra reciente de Madrigal se exhibe en la Galería Nacional de Arte con el título El umbral de lo invisible. Una serie de pinturas al óleo y acrílico, y una instalación, dan cuenta de su sensibilidad y madurez plástica. Las nubes, antes símbolos de reconocible levedad, aparecen fracturadas y densas para interpretar con mayor eficacia su oposición a la geometría y la gestualidad de los espacios pictóricos que la artista introduce en la tela con entidad propia y alevosía.
La densidad y el conflicto se han incrementado en su nueva obra. Diálogos y oposiciones, caos y calma, luces y sombras, risas y llanto; la existencia como hilos de colores que tejen vida y muerte, hilos de recuerdos que se amarran y destejen, hilos de un pasado macerado que se invoca en un presente sin tiempo. Amarillos de vida, rojos de enojo, azules que no dan tregua ni sabiduría.
El tiempo de Marcia es una presencia constante pero invisible, que aparece por instantes mediante franjas de memorias reencarnadas en colores que parecen flotar en el horizonte en eterna disonancia y liberación total: caos y calma en permanente tensión.
Estos planos pictóricos de vibrante lenguaje abstracto persuaden a la vez que disuaden. Marcia los maneja, introduce y detona con eficacia estética.
Marcia es una artista interesante, singular. El espacio mental en su pintura la acerca más a la racionalidad. Es claro que medita sin prisas sus imágenes electivas y aplica con cautela las capas de pintura que se abrazan en una supuesta escritura automática. Nada es casual en ese mar de nubes levitando en aparente limbo espiritual. En su interior, rasgando las apariencias del lienzo, aparecen mundos subjetivos propios de una sensibilidad creativa que logra comunicar en un lenguaje universal la condición humana contemporánea.