José Manuel Ciria es, sin ningún género de dudas, uno de los mejores pintores españoles, dotado de una intensidad extraordinaria y en la plenitud de sus recursos técnicos y estilísticos. Tras décadas desarrollando una estética abstracta, demostró, especialmente con la muestra que realizó en el Museo Vostell de Malpartida de Cáceres (2018) y con la intervención en La Neomudéjar de Madrid (2018), que no es, ni mucho menos, un fanático de la 'planitud' modernista. Las imponentes piezas que ha planteado en el Museo Casa Pedrilla de Cáceres reafirman su concepción 'expandida' de la pintura, que lo lleva a modificar completamente un museo anacrónico para convertirlo en un espacio vibrante de contemporaneidad. 'Memoria y ceniza' es un proyecto que no puede entenderse sin la complicidad del diseñador, artista y curador Javier Remedios, cómplice de Ciria en tantas aventuras. Ambos han realizado un esfuerzo descomunal para mostrar ejemplarmente que la pintura tiene mucho todavía que aportar, especialmente cuando no se aceptan los marcos mediocrizantes de cierto epigonismo. Si unos años antes habían sobrepasado todo lo previsible, impulsados por el espíritu Fluxus en la estela de Vostell, ahora recurren incluso a la purificadora acción del fuego sin miedo ni excusas. Cualquier rincón puede servir para ejercitar un sentido lúdico del arte, transformando las 'sangrientas' tonalidades características de Ciria en marcas de pasión, rastros pulsionales de aquello que no puede ser contenido en un perímetro convencional. En su enorme e intempestivo libro 'Ideas, apropiaciones, fuentes, experimentos, cosas, figuras, casualidades, fosfenos' (2017) es reveladora la presencia constante de ojos, como si fuera un coleccionista de miradas exorbitadas o acaso estuviera tratando de protegerse del 'mal de ojo'. Todo parece volverse inquietante en manos de Ciria: a punto de derramarse, sedimentado en forma de manchas herederas de Pollock, evitando toda armonía o quietud clásica. Decididamente barroco y, al mismo tiempo, apasionado 'bricoleur', rompe con la rigidez geométrica dando siempre rienda suelta a lo accidental que, en ocasiones, puede ser lo que revela la sustancia. Las escenografías anómalas que ha planteado Ciria, tanto en la Neomudéjar cuanto en el Museo Vostell y ahora en la Casa Pedrilla de Cáceres, dan cuenta de su imaginario indómito, de su pulso 'fractalizante' que se desborda hacia lo excesivo. En una oscura habitación ha dispuesto unas cabezas colgadas sobre un lienzo costumbrista con unos 'espectadores' fantasmales formados por ropajes también suspendidos del techo. Más que una teatralización pesimista sobre el destino del arte, responde a un intento de dialogar con una 'memoria' que no tiene que ser desplegada literal o literariamente. Estética esta completamente híbrida que invita a desplazarse desde la superficie a estratos del sentido que tienen bastante de impulsos alegóricos. Afortunadamente, Ciria no está atrincherado en el formalismo ni comparte las legitimaciones artísticas disciplinares. Al contrario, su imaginario, como he indicado, es absolutamente indisciplinado, como revelaba crudamente aquel coche destartalado que colgó en las afueras de Malpartida de Cáceres en homenaje al artífice del 'de-collage'. En las obras de Ciria aparece una idea y una práctica de conexión entre una multiplicidad, un juego de intensidades en el que la pintura es, tal y como quisiera Frank Stella , un «espacio de funcionamiento». La pintura expandida de José Manuel Ciria, realizada para 'sitio específico', nos localiza en el tiempo desquiciado. Si tituló el proyecto de La Neumudéjar 'El lecho de Procusto', aludiendo a su resistencia a encajar en el molde, ahora evoca lo que queda tras la experiencia abrasadora. Desde sus antiguas pinturas sobre lonas de camión siempre ha sedimentado una singular violencia simbólica que ahora se intensifica con sus instalaciones que podríamos calificar como 'escenografías del disparate', evocando aquella crucial serie de grabados de Goya. Ciria ha definido su pintura como «abstracción deconstructiva automática», subrayando que, en sus obras, se trata de provocar encuentros y accidentes tanto de materiales cuanto conceptuales, combinando la mancha informe con el estatismo geométrico, en un singular (des)control. Pintar es, en el caso de Ciria, un modo de pensar de manera física. Este artista señala que su tarea es «expresar lo que no se deja decir», pero, sobre todo, su vocación es la de persistir en una pintura que resurge incluso de su extenuación. El intenso diálogo que Ciria planteó en 2018 con Vostell surgía de un terreno común: ambos se apropian de cualquier tipo de materialidad, pero, sobre todo, tienen que ver con la voluntad común de encontrar intensidad en la vida, esto es, mantener despierta nuestra curiosidad y aprender «como medio –tal y como apuntara el creador alemán– para conseguir la continuidad de los flujos energéticos». En la Casa Pedrilla, la Casa-Museo Guayasamín y los jardines circundantes, con la misma energía irreductible, Ciria ha preparado un acontecimiento verdaderamente excepcional. Junto a unas antiguas ruedas de molino, ha colocado un larguísimo pasillo con telas en las que sedimenta su pasión pictórica. Sin que falten dosis de humor y hasta sarcasmo; como en esas muñecas y peluches que asoman tras una tela que tapa o envuelve un elemento del cacereño museo que ha 'trastornado' completamente. Ciria ha vuelto, de forma magistral, a enseñarnos otras formas de mirar, generando algo pictórica y emocionalmente memorable.