Tejer redes al servicio del bien común
España es un país referente y con un grandísimo potencial. Lo hemos demostrado a lo largo de nuestra historia reciente en numerosos ámbitos como es el económico, político o cultural. España no puede debatirse entre la autocomplacencia y la debilidad; debe aspirar a ser un faro de luz y ejemplo en esta década marcada por la polarización y las grandes transformaciones sociales.
El debate con el que se encuentra habitualmente la conversación pública se ha visto reducido a la lógica de bloques, al enfrentamiento constante y a la búsqueda de diferencias antes que de puntos de encuentro.
Apenas hay espacio para cuestiones de fondo ni para grandes consensos. Existe una sensación generalizada de una gran ausencia de visión compartida de país más allá de la próxima legislatura y de la búsqueda del bien común. Seguramente por eso ha interpelado especialmente las palabras pronunciadas por el Papa León XIV durante su visita a España. Más allá de los inevitables titulares, sus intervenciones han ofrecido una reflexión profunda sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo y sobre la responsabilidad que tenemos de fortalecerla.
El Papa León XIV ha compartido una propuesta integral sobre cómo afrontar algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la fragmentación social, la crisis de confianza en las instituciones, la búsqueda de resultados empresariales sin tener en cuenta el bienestar de los trabajadores, la transformación de la tecnología, la soledad, la pobreza y la creciente dificultad para encontrar proyectos colectivos capaces de unir a una sociedad plural.
En el Congreso de los Diputados, el Papa quiso situar esta reflexión en las raíces de aquello que nos define como sociedad: la herencia de la Escuela de Salamanca y, de manera particular, la figura de fray Francisco de Vitoria. También recordó la figura de los reyes católicos. No fue una elección casual y tuvo una resonancia especial, recordó la necesidad de la búsqueda del sentido de las cosas y particularmente el elemento central de aquello que busca ordenar la sociedad: el bien común. Y fue más allá. En un momento en el que se habla de hiperregulación y de la necesidad de reflexionar qué marcos normativos estamos elaborando para ordenar la sociedad, la economía o la política, el Papa recordó por qué y qué sentido tiene legislar: ir más allá del puro procedimiento para centrarnos en el núcleo de la ley: la plenitud de la norma no se alcanza únicamente porque sea legal o porque haya sido aprobada por una mayoría; se alcanza cuando respeta la dignidad de la persona humana y cuando está orientada hacia el bien común. O lo que es lo mismo, la reivindicación del derecho natural frente a una visión puramente procedimental del derecho.
Francisco de Vitoria, Diego de Covarrubias o Francisco Suárez entre otros, comprendieron que ni la fuerza ni el interés podrían constituir el fundamento último de la convivencia. Frente a cualquier forma de arbitrariedad, situaron en el centro la dignidad de la persona. Introdujeron así una pregunta que sigue siendo decisiva para nuestras democracias: ¿qué le debemos a la persona por el simple hecho de ser persona? Es una cuestión relevante para una sociedad como la española, que afronta simultáneamente desafíos como el envejecimiento demográfico, la dificultad de acceso a la vivienda, la transformación tecnológica y la creciente desconfianza institucional.
Aquella pregunta continúa plenamente vigente y es la solución a los retos del futuro y a las profundas transformaciones económicas y sociales que están redefiniendo nuestras sociedades. Sin embargo, el interrogante sigue siendo el mismo: ¿está la técnica al servicio de la persona o la persona al servicio de la técnica?
El Papa ha insistido en que toda sociedad auténticamente justa debe edificarse sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de cada ser humano. Una dignidad que no depende de la utilidad, de la productividad, de la autonomía ni de la fuerza. Una dignidad que acompaña a toda persona desde su concepción hasta su ocaso natural. Precisamente por ello recordó que la defensa de la vida humana no constituye una cuestión sectorial o confesional, sino una exigencia de civilización y una expresión concreta del respeto debido a los más vulnerables.
Frente a la crispación que tantas veces domina nuestra vida pública, el Papa ha propuesto recuperar una cultura del encuentro. No porque las diferencias deban desaparecer, sino porque una democracia madura necesita algo más que el chillido. Ninguna nación puede prosperar cuando pierde la capacidad de reconocerse a sí misma como una comunidad de destino compartido.
España necesita volver a creer y crecer en un proyecto común con espacios de diálogo e intercambio de conocimiento, respeto mutuo y búsqueda compartida del bien común. Ese proyecto común requiere espacios estables de colaboración e intercambio de conocimiento entre instituciones públicas, empresas, fundaciones, instituciones educativas y organizaciones sociales. Y en ese espacio entre lo público y lo privado, nace la necesidad de tener una sociedad civil que dé respuesta a los desafíos del S.XXI, fuerte, unida y valiente.
Por eso uno de los aspectos más sugerentes de sus discursos ha sido la reivindicación de la sociedad civil. Porque aunque en la opinión pública se priorice dar visibilidad al ámbito público, no ocupa una parcela predominante. La gran mayoría de espacios operantes son en el sector privado. En un tiempo en el que tendemos a esperar todas las soluciones de la política o del Estado, el Papa león XIV ha recordado la importancia de los cuerpos intermedios como las universidades, fundaciones, las entidades culturales o las organizaciones sociales y tantas otras realidades articulan la convivencia cotidiana.
Quienes creemos en la sociedad civil sabemos que la cohesión de un país no depende únicamente de sus leyes. Depende también de la confianza entre sus ciudadanos, de la capacidad de cooperar, de la existencia de espacios donde personas con sensibilidades distintas puedan encontrarse y trabajar juntas por objetivos comunes. Del diálogo entre los diferentes, de dar oportunidades al talento y a las generaciones emergentes. Ahí se construye gran parte del capital social de una nación. Aquí es donde se tejen los grandes pactos de Estado.
Esa misma lógica alcanza también al mundo empresarial. Lejos de cualquier visión simplista, el Papa ha reconocido la enorme capacidad de la economía para generar riqueza, innovación y oportunidades. Pero ha recordado igualmente que la actividad empresarial encuentra su máxima legitimidad cuando pone a la persona en el centro y cuando además hay un retorno altruista a la sociedad. El riesgo que corremos en la época de los algoritmos es convertir la responsabilidad social corporativa o el ESG en simples criterios verificables a cumplir y olvidarnos del fundamento final que tienen que es contribuir a construir un mundo cada vez mejor y que tiene una raíz profundamente humanista. La empresa no es únicamente una estructura productiva. Es una comunidad humana. Es un lugar donde millones de personas desarrollan su talento, construyen proyectos vitales y contribuyen al progreso colectivo. Cuando reconoce la dignidad de cada trabajador, cuando genera oportunidades reales de crecimiento y cuando entiende su papel dentro de la sociedad, la empresa se convierte en uno de los actores más importantes del bien común. La competitividad y el compromiso con el bien común no son objetivos contrapuestos; son cada vez más condiciones recíprocas que engloban el capitalismo humanista.
Todo ello nos hace llegar a la conclusión de que necesitamos volver a repensar España como una comunidad capaz de tejer redes entre sus distintas realidades. Redes entre política, sociedad civil y empresa. Entre tradición e innovación. Entre libertad y responsabilidad. Entre prosperidad económica y solidaridad con quienes más dificultades afrontan.
El Papa León XIV nos ha regalado en su viaje apostólico a nuestro país una mirada que hunde sus raíces en el humanismo cristiano en España y que nos recuerda que el verdadero progreso nunca consiste únicamente en acumular poder, riqueza o conocimiento. Consiste en construir una sociedad más humana. Porque, al final, el bien común no surge espontáneamente.
Requiere instituciones sólidas, una política orientada al servicio, empresas comprometidas, una sociedad civil viva y una cultura capaz de reconocer la dignidad de cada persona. Necesita, en definitiva, que volvamos a tejer redes capaces de sostener una sociedad más libre, más justa y más humana: tejer redes al servicio del bien común.