Donde antes había gladiadores ahora hay luchadores de la Ultimate Fighting Championschip (UFC), la gran empresa promotora de artes marciales mixtas. El anfiteatro se ha convertido en una estructura octogonal de acero en forma de aro de 544 toneladas llamada «la Garra», pero el espectáculo sigue siendo igual de sangriento y cruel. Nunca se ha visto tal concentración de dinero, ego, sangre y vanidad. En esta jaula los contendientes no son gallos sino hombres. Los luchadores se golpean en el ring a escasos metros de Trump y su esposa Melania. Sus cinco hijos, la mayoría de sus nietos, sus amigos multimillonarios y los miembros de su gabinete se sientan a su alrededor. Sobre el ring, cubierto de anuncios de criptomonedas, cuelgan enormes pantallas donde se proyectan vídeos en los que podemos ver a Trump hablando con su secretario de la Guerra del poderío militar estadounidense mientras los destellos de explosiones y disparos iluminan la arena. El grandioso espectáculo mediático se celebra en el jardín sur de la Casa Blanca con motivo del 80 cumpleaños de Donald Trump, presidente (y empresario circense) de los EEUU. La megalomanía y el ego desbocado del señor Trump no dejan de recordarme los de otro emperador, esta vez romano, Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula. Si bien muchas de las extravagancias de éste fueron exageradas por la propaganda de Suetonio y Casio, los enemigos políticos del César no tuvieron que esforzarse mucho cuando presentaron a un gobernante caprichoso, voluble y cruel que vivía de los golpes de efecto y que humillaba siempre que podía a los senadores o a cualquiera que no se mostrase sumiso y adulador. Describen a aquel emperador, que hacía sus apariciones como un dios al que había que adorar en vida, como un pésimo gobernante obsesionado con el poder y con el sexo que dilapidó el oro de Roma en caballos y gladiadores. Populista como era, en sus primeros meses de su reinado fue adorado por la plebe, que alababa sus originales bravuconadas, pero su forma de vida desmedida pronto le acarreó fama de loco. Como Trump con su salón de baile en la Casa Blanca, Calígula se hizo construir un suntuoso palacio en el Palatino, cuyo vestíbulo era el mismísimo templo de Cástor y Pólux , donde al parecer organizaba bacanales en las que sus invitadas acababan siendo víctimas de toda suerte de agresiones y perversiones. Al igual que el romano, el estadounidense se comporta de manera despótica, menosprecia al Senado (léase: la democracia) y descuida sus responsabilidades políticas; y si bien es cierto que no ha nombrado senador a su caballo Incitatus, ha tenido la ocurrencia de nombrar secretario de la Guerra a un presentador de la Fox o ministro de Sanidad a un antivacunas. El emperador romano quiso demostrar que era un gran general como su padre Germánico y se empeñó en dirigir personalmente la campaña militar en Britania, campaña que resultó desastrosa, por lo que a Calígula no se le ocurrió otra cosa que mandar a los legionarios que recogieran conchas en la playa para demostrar al mundo que había sido Neptuno, y no él, quien malogró la invasión. El fiasco de la guerra de Irán iniciada por Trump, que ha costado la vida a más de siete mil personas y que no ha cumplido ninguno de sus objetivos (unos objetivos que nunca fueron claros), se asemeja mucho al desastroso ataque romano de Britania, y si es verdad que no veremos a los soldados norteamericanos recogiendo conchas y caracolas en el estrecho de Ormuz, todo indica que éstos van a salir del avispero de Oriente Medio, como se suele decir, con el rabo entre las piernas. Donald Trump padece lo que podríamos llamar el síndrome de Calígula. La megalomanía de quien piensa que el mundo gira en torno a él y se cree con derecho a cambiar la vida de los demás a su antojo no falta nunca en aquellos que padecen esta afección, que suelen ser prepotentes, racistas y misóginos, pues desprecian a las mujeres y a las razas que consideran inferiores. Síntomas de este síndrome son también la hiperactividad, la desmesurada confianza en sí mismo, su pérdida de contacto con la realidad y su espectaculares cambios de humor, características todas que concuerdan con un trastorno bipolar. Fuentes contemporáneas como Filón de Alejandría y Séneca el Joven, describían a Calígula c omo irascible, antojadizo, derrochador y enfermo sexual. Un narcisismo que comparte con el presidente estadounidense y que se plasma en la ostentación de la riqueza y su afán de conseguir admiración a cualquier precio, pero también en su facilidad para manipular a la gente con discursos pobres en ideas y ricos en prejuicios y estereotipos. Si pudiéramos pasar a Trump el test de Theodor Adorno, que pretende medir la predisposición de una persona al autoritarismo, seguramente el presidente de los EEUU obtendría los mismos resultados que Calígula . No deja de ser una gran desgracia que las decisiones de semejante personaje afecten a las vidas de millones de personas en el mundo.