En la España de mediados del siglo XX todavía había pueblos donde la noticia de la llegada de un hombre corría más deprisa que el peor de los chismes del bar. Bastaba que alguien dijera «ha venido el padre Pilón» para que los vecinos abandonaran la partida de cartas, los agricultores dejaran el apero junto a la tapia y los curiosos se acercaran al campo donde iba a desarrollarse la ceremonia. Porque aquello tenía algo de ceremonia casi celestial. Un sacerdote jesuita , educado en colegios y universidades, avanzaba despacio por una finca sosteniendo entre las manos una varilla o un péndulo. No buscaba almas ni predicaba sermones. Buscaba agua. Y lo impresionante de todo es que, encima, la encontraba....
Ver Más