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Nazismo y marxismo: dos ideologías gemelas

Poco a poco, una de las masacres humanas y regímenes autoritarios más espeluznantes de un siglo XX dominado por la atención dada a la demencia nazi, el Holocausto y los campos de exterminio, cobra espacio a través de estudios, papeles recuperados e incluso novelas. Décadas y décadas de horror soviético transcurridas, de los gulags más crueles que puedan imaginarse, que tuvieron un hito bibliográfico en un libro tan siniestro como esclarecedor por todas las atrocidades que en él se contaban: «Terror y utopía. Moscú en 1937», de Karl Schlögel (Acantilado, 2014), donde se abordaba cómo[[LINK:TAG|||tag|||6336135eecd56e3616931b5d||| Stalin]] y su gobierno organizaron una auténtica persecución y carnicería de personas inocentes acusadas de infundados delitos de espionaje o traición.

«A las tragedias humanas de la Unión Soviética en la década de 1930 jamás se les concedió la atención y el interés que cabría esperar de una opinión pública que había estado expuesta al horror de los crímenes nacionalsocialistas», decía el autor en la introducción. «Predominaba, en ese sentido, una curiosa asimetría. A un mundo que había grabado en su memoria nombres como los de Dachau, Buchenwald y [[LINK:TAG|||tag|||6336118a87d98e3342b26648|||Auschwitz]] se le hacía difícil tratar con nombres como los de Vorkutá, Kolymá o Magadán. Se había leído a Primo Levi, pero no a Varlam Shalámov. Fue así como las víctimas de Stalin sufrieron una segunda muerte, esta vez en la memoria.» De modo que las consecutivas dictaduras sanguinarias de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas hicieron de la patria, como diría el escritor ucraniano Izraíl Métter, «un campo de pruebas donde la historia realiza sus experimentos sociales, y donde además no tiene en cuenta el destino de cada uno de los hombres aislados».

Más recientemente, Manuel Florentín, en «Escritores y artistas bajo el comunismo. Censura, represión, muerte», habló del sorprendente hecho de que «la izquierda europea y los intelectuales afines no solo apoyaran a los regímenes comunistas, sino que, además, cuando alguien procedente del Este denunciaba aquellas dictaduras, como Czeslaw Milosz al exiliarse en Francia, era acusado de haberse vendido al capitalismo y, en consecuencia, le hacían el vacío». Unos pocos, sin embargo, se atrevieron a ir contracorriente, como Albert Camus, y «denunciaron a los regímenes comunistas por su carácter totalitario y por violar los derechos humanos, lo que les valió todo tipo de críticas de sus homólogos más radicales de izquierdas, como Sartre».

Florentín detallaba el proceso para detener y defenestrar a la víctima de turno: primero era común la delación, tras la cual venía el arresto, y las torturas con descargas eléctricas o ahogamiento, los asesinatos a sangre fría o el encarcelamiento, por no hablar de la farsa judicial previa al campo de concentración. Cabe resaltar este detalle tan sanguinario, que emparenta a todas las formas de totalitarismo: «Algunos de los campos de concentración y centros de represión de los países comunistas fueron los mismos que habían utilizado los nazis hasta 1945. Por ejemplo, la sede del KGB en Vilna, hoy museo en el que se pueden visitar las celdas y lugares de tortura, fue cuartel general de las SS». Tal es la simbiosis entre nazismo y estalinismo.

Esta asimetría que tradicionalmente ha priorizado el nazismo dejando a un lado los gulags soviéticos, las hambrunas forzadas de Ucrania, los millones de muertos provocados por las purgas estalinistas o a los desastres humanos producidos por las distintas experiencias comunistas del siglo XX, es la materia de la que se nutre «Nazi-comunismo. Por qué marxistas-leninistas y nazi-fascistas son gemelos ideológicos», de Axel Kaiser, abogado chileno-alemán, doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg, director de la cátedra Friedrich von Hayek de la Universidad Adolfo Ibáñez y «senior fellow» del Atlas Center para América Latina.

Certezas culturales

Se trata de una impugnación intelectual dirigida contra una de las grandes certezas culturales de nuestro tiempo: la idea de que comunismo y nazismo representan polos opuestos de la experiencia política moderna, partiendo de una constatación que el autor considera evidente: Karl Marx sigue siendo uno de los autores más citados en el ámbito universitario, el «Manifiesto comunista» continúa formando parte de miles de programas académicos y las ideas derivadas del marxismo mantienen una influencia notable en buena parte del pensamiento contemporáneo. Mientras tanto, nadie imaginaría una situación equivalente con [[LINK:TAG|||tag|||63361233ecd56e3616931983|||Hitler,]] Rosenberg o Goebbels.

Y es que el nazismo ocupa el lugar del mal absoluto al tiempo que el comunismo conserva todavía, para amplios sectores intelectuales y políticos, una pátina de idealismo, si bien, según Kaiser, esa diferencia no se sostiene cuando se examinan los resultados históricos de ambas doctrinas. No en vano, el autor, que ha publicado «Parásitos mentales», «El economista callejero», «La neoinquisición», «La tiranía de la igualdad», «El engaño populista», dedica parte de la introducción a ilustrar esta contradicción. Recuerda cómo determinadas publicaciones describen el comunismo como un sistema orientado a compartir la riqueza y combatir la desigualdad, sin mencionar los campos de trabajo forzado, las hambrunas masivas o los millones de víctimas producidos por los regímenes que se reclamaron de esa ideología. En contraste, el nazismo aparece asociado a la guerra, el racismo y el exterminio. Esto no responde a una valoración objetiva de los hechos, sino a décadas de construcción cultural.

Corrompidos

La pregunta entonces es inevitable: si ambos sistemas produjeron niveles de violencia comparables, ¿por qué uno sigue generando fascinación y el otro sólo repulsión? Kaiser recupera una reflexión del filósofo Peter Singer, quien observaba que existen estatuas dedicadas a Stalin, bares inspirados en la KGB e incluso espacios culturales que utilizan con naturalidad la iconografía soviética, mientras que nadie aceptaría un restaurante decorado con símbolos de las SS o retratos de Hitler. La explicación habitual, señala Singer, consiste en afirmar que el comunismo perseguía fines nobles aunque los medios fueran equivocados. El nazismo, en cambio, habría estado corrompido desde su origen. Es precisamente esa interpretación la que el propio Kaiser se propone desmontar.

«Si hubiera que definir la gran diferencia entre nazismo y comunismo ésta sería, ante todo, una de tipo retórica, pues sus motivaciones y fines, a saber, el odio y el poder total, son idénticos», afirma Kaiser, quien no sostiene simplemente que ambos sistemas compartieran ciertos rasgos autoritarios o que desembocaran en formas similares de represión. Va mucho más lejos, dado que su argumento consiste en afirmar que nazismo, fascismo y comunismo forman parte de una misma familia ideológica, diferentes expresiones de una lógica colectivista y revolucionaria que aspira a transformar radicalmente al ser humano y a la sociedad. Para sostener tal cosa, construye una genealogía intelectual basada en cinco elementos que, a su juicio, atraviesan por igual el marxismo-leninismo y el nacional-socialismo. El primero es el rechazo a la idea de una verdad universal. «Para nazis y marxistas, la única verdad era la que ofrecía su ideología, y ésta era irrefutable», escribe. Cuando la verdad deja de ser un terreno común y pasa a depender de la pertenencia a una clase o a una raza, desaparece la posibilidad del diálogo racional. Lo único que queda es la lucha entre grupos irreconciliables.

A partir de ahí surge el segundo elemento: la subordinación del individuo al colectivo. Tanto la raza como la clase adquieren una importancia superior a la persona concreta. Los derechos individuales dejan de ser un límite al poder político para convertirse en obstáculos que deben ser eliminados en nombre de una misión histórica superior. El resultado es la aparición de Estados que se atribuyen la capacidad de decidir quién merece formar parte del futuro prometido y quién debe desaparecer para hacerlo posible. La crítica alcanza también el terreno económico. Kaiser rechaza la interpretación que presenta al nazismo como una expresión del capitalismo y recuerda que el propio nombre del partido de Hitler incorporaba la palabra «socialista». A su juicio, tanto el comunismo como el nazismo compartían una profunda hostilidad hacia el liberalismo, la economía de mercado y la autonomía individual. Ambos aspiraban a someter la vida económica a los objetivos políticos del Estado.

El aspecto más original del ensayo aparece cuando aborda la dimensión religiosa. Kaiser sostiene que comunismo y nazismo funcionaron como religiones seculares que prometían una forma de salvación terrenal. «Tanto nazis como comunistas fueron, ante todo, una reacción gnóstica en contra de la tradición judeocristiana», afirma. Bajo esta lectura, la revolución proletaria y la utopía racial serían versiones distintas de una misma aspiración: destruir el mundo existente para inaugurar una era perfecta.

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