Climatizar una habitación en pleno verano, calentar el agua de una ducha, mantener piscinas, iluminar zonas comunes o poner en marcha cocinas, lavanderías y cámaras frigoríficas tiene un coste que el viajero apenas percibe, pero que pesa de forma directa en la cuenta de resultados de los hoteles. Tras los picos de precios de la electricidad y el gas de los últimos años, la eficiencia energética ha dejado de ser únicamente una cuestión ambiental para convertirse en una decisión empresarial. El turismo vende confort, descanso y experiencia. De ahí que la transición energética del sector no pueda plantearse como una reducción de servicios, sino como una mejora de la gestión que preserve, por encima de todo, la calidad. La clave...
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