Tramposos siempre hubo. La tentación del atajo y la de sorprender la buena fe del prójimo son poderosas; y la carne humana, débil y proclive a la gloria inmerecida. Ahí estaban, y uno aprendía a contar con ellos y las sociedades, con más o menos éxito, procedían al saneamiento de las miserias que sus ardides introducían en las redes de suministro. Lo que quizá deba preocuparnos ahora, y más allá de lo que lo hacían aquellos embaucadores rupestres, es que la trampa se haya injertado en la estructura misma de la realidad, o del modo en que muchos la perciben, la afrontan o la construyen, lo que viene a tener el mismo efecto. Quien simula conocer lo que no sabe,...
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