Crítica de "Solomamma": cuando el donante de semen ya no es anónimo ★★★
La cuarentona Edith, periodista soltera cuya madre, con quien vive, recientemente ha comenzado a padecer demencia senil, deció hace casi cinco años tener un hijo gracias a un donante. Y ama al pequeño, pero poco a poco le acaba agotando esa soledad casi absoluta para cubrir las necesidades del niño, que solo quiere regalos dignos de un coleccionista, y de la anciana que cada vez sufre más lagunas mentales y le echa en cara que el caracter de la joven se agrió desde que tuvo al crío. Pero, sobre todas las cosas, Edith comienza a pensar de manera obsesiva en el hombre gracias al que pudo quedar embarazada, cuyo anonimato acaba derrumbándose cuando una amiga le revela de manera inesperada la identidad del tipo. Alguien inteligente, disléxico, casado, que un día decidió vender su semen porque le ilusionaba pensar que allí fuera, alguien llevaba dentro un poco de sí mismo.
Y, entre un zoom y otro, la película muestra a una de pronto resolutiva Edith que decide buscarlo con el pretexto de hacerle una entrevista , ya que se trata de un exitoso desarrollador de videojuegos. La valiente opera prima de Janicke Askevold nos enfrenta a un realista retrato de esa otra maternidad, aquella que, lejos de las imágenes de empalagosas postales y de los estereotipos, acaban muchas veces sumiendo a la mujer en una crisis existencial, en el agotamiendo y las dudas, en un cansancio que parece durará para siempre, mientras que presenta asimismo un debate no menos interesante cuando Edith decide conocer a ese tipo, e incluso ir más allá probablemente, sin que él sepa lo que en realidad los une. ¿Pero qué es eso, al cabo?
Lo mejor: Que plantea un asunto delicado e interesante, así como su excelente protagonista
Lo peor: A veces esa ciega obsesión por conocer al padre de su hijo resulta un tanto excesiva