El pianista Enrique Granados tenía un miedo paralizante al mar, pero no dudó en lanzarse al océano para salvar a su mujer, Amparo, sin éxito. ¿Qué fuerza empuja a alguien a saltar hacia aquello que más teme? ¿Quién es capaz de saltar al vacío sabiendo que ninguno de los dos sabe nadar y que morirán? ¿Qué hombre se arroja a la misma muerte cuando acaba de consagrarse ante el mundo, después de estrenar con éxito 'Goyescas' en Nueva York frente al presidente de Estados Unidos? El salto de Granados atravesó a la escritora Marta San Miguel cuando era una adolescente. Fue la crueldad, también cita la belleza de ese final, el heroísmo inevitable, lo que le ha llevado años más tarde a escribir 'La última escala' (Libros del Asteroide). Necesitaba comprender qué tipo de ser humano era ese hombre que saltó al agua para intentar salvar a su esposa y, al mismo tiempo, era capaz de componer la música que en su adolescencia le subyugó a unos niveles que otros compositores no habían alcanzado. «Siempre quise contar una historia que había acabado antes de tiempo», confiesa Marta San Miguel a este periódico. Pero no es una biografía. Se trata de una novela basada en la vida del pianista y, por eso, la escritora recorrió Barcelona para documentarse, no para aplastar al lector con datos, sino para construir con el mayor rigor posible el contexto que cuenta en cada una de las escenas. Aunque también está ella, la escritora, que comparte con el lector un hallazgo, un motivo de curiosidad, una inquietud, una historia interesante. «Es importante narrar a Granados desde el presente, contar qué es lo que hace Granados a día de hoy en una sociedad como la nuestra. También la música. Era más sencillo para mí hablar desde el presente porque lo tienes a mano y es el código en el que yo comprendo la realidad y sé que mis lectores también lo van a comprender. Lo tremendamente difícil ha sido construir ese entorno de Granados y a él, no impostar una voz, ni hacerle decir cosas que no dijo, ni hacerle pensar cosas que no pensara, sino tratar de construirlo a medida que iba creciendo, iba viviendo, contar las escenas para que el lector se haga una idea de cómo era Granados», reconoce. Granados llegó al piano por habilidad y se quedó por necesidad, pero no la de un niño que siente un impulso inevitable para expresarse, sino la de una familia que tiene que comer. Su familia hizo un esfuerzo para que recibiera clases de los mejores maestros de la ciudad. San Miguel pone en contraste también su experiencia temprana con la música, que pronto se vio interrumpida. La música convivía en lo cotidiano, en el comer, ir en coche o hacer deporte, pero sus padres le propusieron ir a inglés para que los idiomas pudieran ayudarle en un futuro. La escritora imaginaría años más tarde que la Olivetti era un piano. «¿Qué diferencia la habilidad del talento?», se pregunta Marta San Miguel cuando relata la proyección temprana de Granados, que después de pasar una adolescencia tocando cinco horas al día en el Café de las Delicias para llevar dinero a su casa es destinado a París para seguir formándose. « No he sabido descifrarlo aún . A veces una habilidad bien entrenada, formada y sostenida en el tiempo se puede convertir en talento. Al principio Granados era eso. Tenía una habilidad especial para vivir, era un poeta. Tenía un nivel de sensibilidad para con todo. Era capaz de transformar un sonido en una imagen. Era capaz de transformar un olor en una melodía. Diría que era hasta algo sinestésico», confiesa. Pero conforme avanza su historia, el don descomunal desborda a pesar de que, reconoce San Miguel, le faltaron las herramientas para que su talento eclosionara. «Creo que a día de hoy los que tenemos hijos sentimos que son buenísimos en todo. Y creo que el valor está en ser capaces de la constancia. Granados fue muy constante a pesar de todo lo que tenía en contra. De pequeño apenas estudió música y ni iba al colegio, tuvo muchos problemas de salud, tuvo muy mala suerte porque se ponía enfermo en los peores momentos. Tuvo seis hijos y había que sacar adelante a la familia y tuvo que bracear mucho para ganar dinero e intentar progresar. Es la constancia lo que creo que convierte la habilidad en un talento. Luego hay gente que nace con un talento incuestionable y bendita suerte, pero me gusta pensar que no todo el mundo vale para triunfar. Y no todo el mundo, por mucha constancia que tenga, va a desarrollar y va a hacer esa mutación de la habilidad al talento». En la vida de Granados hay un combate interior por no ser mediocre desde que tiene uso de razón. Desea dejar las clases por horas y consolar el llanto de su madre, una mujer viuda prematuramente. Desea ser comprendido, hacer entender la música a quienes hurgan en ella como en sus propios asuntos. Desea salvarse. «Yo no creo del todo en mi talento, más bien desconfío algunas veces [...] Me mata pensar que hasta ahora no he logrado ganar nada», reconoce el pianista en sus diarios, que aparecen reflejados en el libro. Este combate le llevó desde bien temprano a tomarse la vida con peso, a entregarse en cuerpo y alma a su esposa, Amparo, un nombre que hace alarde de lo que supuso esta mujer para su existencia. Le llevó a abandonarse a la música hasta las últimas consecuencias. «Nunca hacía nada a medias y en todo se implicaba de tal forma que lo acababa pagando con su propia salud. Le acabaron diagnosticando neurastenia porque emocionalmente se agotaba en todo lo que hacía», reconoce San Miguel Le cito: «Donde no hay música, es más fácil que entre el ruido». ¿Es una advertencia? Sí, absolutamente. De hecho, un amigo en una entrevista me preguntó si era una metáfora de algo y le dije que no. Estamos ahora mismo en un hotel que debería ser tranquilo; los colores, la decoración, están pensados para transmitir paz. Sin embargo, estamos rodeadas de un ruido terrible: el hilo musical, aunque eso nos daría para hablar mucho sobre la sensación disruptiva que nos generan los hilos musicales, el hilo musical de la cafetería, los golpes, las voces, la gente que mantiene conversaciones tomando un café a un volumen como si estuviera en un bar. El ruido me parece uno de los grandes males de nuestro tiempo porque nos impide escuchar y escucharnos. Nos hemos acostumbrado a vivir con ruido, por eso vivo con música, los auriculares… Me ayudan a convivir con el ruido. Esta sensación de vivir sonados, de estar aguantando el hecho de que está soplando mucho viento y no sabes de dónde. Entonces, ¿la música nos rescata? Sí. Cada lector tendrá una respuesta personal a esta pregunta, pero estoy convencida porque creo que a cada uno de nosotros una canción, una pieza o un concierto nos ha rescatado de una u otra manera. Cuando estaba atascada o tenía la hora de cierre o no podía con este libro o se me atragantaba algo, me rescatan los conciertos de piano de Beethoven. También las bandas sonoras que escucho desde pequeña. Activan algo que me hace seguir adelante. Dice que buscamos la música, pero que en realidad la tenemos dentro. ¿Por qué está tan segura? Porque somos cajas de resonancia. Por eso mismo, cuando has dicho antes que la música nos rescata, la música nos hace sonar por dentro, legitima lo que sentimos y nos permite echar de menos, nos permite llorar, nos permite emocionarnos, nos permite alegrarnos, nos permite volvernos locos, nos permite sentirnos más fuertes, nos permite acabar la serie de ejercicios en el gimnasio, nos permite soñar. Nos legitima por dentro porque apela a una parte de nosotros que solo existe aquí y me encanta esa sensación de ser capaces de sentir más de lo que creemos y es porque la música nos activa y activa partes que nosotros racionalmente no somos capaces de activar. Creo que tiene que ver con la forma en la que nos desarrollamos desde un punto de vista biológico. El oído es el primer sentido que se desarrolla en el vientre materno. Aprendemos a hablar escuchando, por imitación. Hay partes de nosotros, y luego la música, que no se pueden explicar con palabras y somos tan racionales que tratamos de explicarlo todo con palabras y a veces no se puede». «Yo no soy músico. Soy artista», confiesa Granados en sus escritos. Y lo cierto es que lo fue porque nunca tocó un Chopin dos veces igual. Porque luchaba contra la mediocridad, pero al mismo tiempo no hacía distinciones entre el escenario de un piano bar, el Lírico, una gran sala de conciertos o un jardín donde se escuchan chicharras. Su propósito es el mismo: conquistar, no entretener. Marta San Miguel hace una oda a la vida de Granados, que en el fondo es también una oda a la memoria, a la posibilidad de trascender por encima del tiempo y el espacio. Es una oda al recuerdo y un grito para no desterrar a Granados al olvido. « Se programa muy poco a Granados en España . Creo que tiene que ver también con el hecho de cómo se enseña la música en nuestro país, que no nos enseñan a escuchar. He tenido la tremenda suerte de que en casa se escuchaba música, pero me da mucha rabia porque tenemos un patrimonio riquísimo. Supongo que tiene que ver con la historia de nuestro país, llega la Guerra Civil y hay un silencio, pero eso no es excusa. Tenemos la oportunidad de darle al 'play'. Ojalá que este libro le genere curiosidad a la gente para descubrir cómo sonamos como país. Somos especialistas en olvidar. No sé por qué, pero los españoles nos sentimos pequeños mirándonos a nosotros mismos», asegura. La vida de Enrique Granados terminó con un salto antes de tiempo. Un salto hacia su bastión, Amparo, sabiendo que posiblemente no resurgirían de él. Encontrar la razón de este salto fue el motivo que movió a la escritora a sumergirse en la vida de Granados, una razón que aún no ha encontrado. « No tengo respuesta porque no me atrevería a meterme en su cabeza y juzgarlo , pero sí que me hago la pregunta de qué habría hecho yo. En esas situaciones límite es cuando sale quién eres de verdad. Lo que uno es. Creo que Granados no podía no hacerlo. Iba por la calle caminando y veía algo y le venía una melodía y se ponía a escribirla en el puño de la camisa porque lo necesitaba, pues era superior a él. Y es curioso, ¿no? Ese terror al mar, con todos los miedos incomprensibles e inexplicables, tampoco había tenido nunca una experiencia traumática. No me atrevería a meterme en su mente ni a pensar por él».