Pasadas las seis y media, el local cafetero comienza a colmarse de asistentes ávidos de silencio y desconexión, «necesitados de una pausa digital ». Muchos llegan con la urgencia de despegarse, aunque sea por unos minutos, de sus teléfonos móviles. Es por eso que aceptan sin rechistes abandonar sus dispositivos electrónicos en la misma entrada del establecimiento, condición indispensable para participar. Cerrado al público durante la velada, quienes habitan el espacio son los seguidores de The Offline Club, un movimiento surgido en Países Bajos, y cada vez más extendido por Europa, que aterrizó en Madrid a finales del pasado mes de octubre con una sencilla propuesta: crear pequeños refugios temporales frente a la hiperconectividad. Se trata de una iniciativa juvenil...
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