Empezaron a despuntar en Andalucía y los buenos ojeadores que tiene el fútbol base culé los captaron para La Masia.
Gavi (21) llegó desde Sevilla y
Fermín (23), desde Huelva. La dureza del desarraigo durante su infancia les pesó algo en sus inicios en azulgrana, pero también curtió su carácter.
Gavi fue un polvorilla desde el principio, un niño que jugaba mucho y además no tenía miedo a nada. Y si tocaba meter la cabeza entre el pie del rival y el balón lo hacía si con ello podía evitar un gol. A
Fermín le costó crecer y siempre parecía que sería cortado en la siguiente criba, pero su calidad le salvaba porque los entrenadores veían algo en él. Tuvo que irse cedido a Linares para demostrar en Primera RFEF, jugando contra hombres, que el pequeñín que lloraba por no jugar mucho en el Barça había dado el estirón y tenía mucho gol.
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