Vox ya no salva a Sánchez
No comprar marcos dados es la primera noción de pensamiento crítico. Sánchez está contento porque Moreno no ha conseguido la mayoría absoluta y tendrá que lidiar con Vox y han conseguido que el marco cale. La realidad es que ni el miedo a Vox ha salvado al PSOE en Andalucía; tampoco a sus socios de gobierno, sobre los que ha saltado una izquierda radical y poco sospechosa de sanchista como la de Adelante Andalucía. Contándolos a ellos, un 65% del voto emitido ha recaído en partidos que se sacuden a Sánchez de encima.
El miedo no da ya para ganar ni con socios ni sin socios y no da porque el que más y el que menos de los votantes ya se ha hecho a la idea –como ya se hicieron los socialistas a la llegada del comunismo al gobierno– y porque el temido Vox es un partido que ha obtenido un 13% del voto en la comunidad más grande de España, es decir, no llega a cuatro puntos más que los anticapitalistas. Nadie diría de estos últimos que son un partido de mayorías y tampoco puede decirse de un Vox que ha perdido el impulso que lo elevaba. Ha tocado techo. Con esos datos y los escaños de Moreno, difícilmente se puede pretender que condicionen el gobierno.
El PP no se puede dejar hacer por tan poco y no debe hacerlo. Sería tanto como reconocer que dos escaños pueden imponer la forma de gobierno en una inaceptable dictadura de la minoría. Volver a Vox insufriblemente inútil es la única forma de que algunos votantes outsider se bajen de la burra de la bronca y vuelvan al redil pragmático de echar al presidente más tóxico de la democracia.
El gran drama, al que no quiere que se mire, es la escabechina a la que está sometiendo al PSOE. Tras secuestrar la verdadera naturaleza del partido, lo ha transformado en un objeto funcional que no responde a la tradición socialdemócrata sino a una única y machacona cuestión: ¿qué necesita Sánchez para seguir? La mayoría absoluta de Juanma Moreno era la mejor noticia para los demócratas del signo que fuera, pero la peor para un líder tóxico que sólo piensa en su supervivencia a costa de lo que sea y de quien sea.
El ejemplo francés debería enseñarles que un partido socialista histórico puede sobrevivir a una primera caída cercana al 20% si conserva estructura territorial, liderazgo reconocible y capacidad de alternancia. Lo que lo mata no es solo perder votos, sino dejar de ser el lugar natural donde se ordena la izquierda. La irrelevancia acecha.
Sánchez se ha llevado por delante a los territorios y no dudará en llevarse al resto del poder local si es preciso. Hay cargos temblando por su futuro que no podrán hacer sino resignarse a la suerte que el César les destine. Los cuadros socialistas han sido sometidos a un proceso perverso de destrucción del pensamiento –un décervelage dice Racamier– al consentir que cada descalabro y cada contradicción se resuelvan con una consigna. La triangulación es un viejo sistema de los liderazgos tóxicos para hacer creer a cada miembro de la organización que está solo o que corre peligro si intenta dejar de estarlo. Han trocado así el pensamiento crítico por el pensamiento mágico que les hace creer que mientras el PP dependa de Vox, la permanencia en el poder es factible. Por eso es tan absurdo que no se hayan dado cuenta de que agitar a Vox ya no les evita caer al suelo histórico de su respaldo y que nunca va a cuajar en el electorado su argumento, profundamente antidemocrático, de que el PP también es una amenaza para el sistema de libertades.
Mientras todo esto acaece, el líder se exhibe perorando en una organización internacional. Los expertos aseguran que el narcisista nunca asume el conflicto, sino que lo externaliza y, a la par, busca seguro otra rama a la que saltar por si las cosas se ponen feas. Prioridad personal. Imaginen que ante la prácticamente asegurada derrota del año próximo abandona el barco que hace agua para saltar a cualquier otro lugar que le del suficiente relumbrón para calmar su ego y evitarle a la par el vacío vertiginoso de un fracaso en toda regla. No les quepa duda de que si está trazando un plan B es para él. Es el resto, los que han asumido la desrealización, la inmoralidad, la destrucción de un bagaje político de décadas, los que se van a quedar sin más asidero que un partido en ruinas.
Las soluciones posibles a este estado de cosas que amenaza al PSOE, y con él a nuestro sistema político, son ahora mismo puras lucubraciones lógicas. Los cuadros socialistas, o algunos de ellos, tendrían que dejar de funcionar como un espejo para el ego del líder y abandonar el sistema de fascinación al que están sometidos. En política eso significa que el PSOE tendría que dejar de preguntarse cómo proteger a Sánchez y empezar a preguntarse cómo sobrevivir a él. Tendrían que restaurar la realidad de los hechos, de las derrotas, de la interpretación de las urnas y reconocer el coste de los pactos y que el partido ha perdido autonomía y se desangra. Sin principio de realidad no hay salida. Deberían reintroducir los límites, porque el líder tóxico se expande a todo lugar donde no lo hay, como lo ha hecho en la orgánica de un partido que ya solo es su sombra. Por último, e inevitablemente, asumir la separación de quien les está destruyendo, como ya intentaron con buen tino en su día.
Vox ya no salvará a Sánchez, por mucho que lo repitan, pero el PSOE debería ser capaz de salvarse a sí mismo.