Todo el mundo sabe que Granada tiene un monumento que enamora absolutamente a quien lo ve y que tiene por nombre la Alhambra. También, que desde allí se disfruta de unas vistas inolvidables a Sierra Nevada, con picos de más de tres mil metros como el Veleta (icónica estampa la que se ve de él desde la capital) o el Mulhacén, el techo de la península. Es del dominio público, también, que en un mismo día se puede disfrutar de un clima fresquito, a dos mil metros de altitud y respirando el aire puro de esas cumbres, y pasar la tarde en una playa de Motril, Almuñécar o Salobreña, donde el clima tropical las hace accesibles durante gran parte del año. Todo eso está muy bien, pero en Granada hay más cosas. El 37,5% de su extensión -o sea, más de un tercio- lo ocupa el Geoparque, 4.722 kilómetros cuadrados que abarcan 47 municipios de las comarcas de Guadix, Baza, Huéscar y Los Montes y donde el viajero puede transportarse a otro mundo, así como suena. Algunos lo comparan con la Capadocia de Turquía, pero más habitual es que los equiparen con las badlands estadounidenses o con las grandes extensiones vacías del interior de Australia, tierras fundamentalmente baldías donde el paso del tiempo y la erosión han dibujado paisajes increíbles, donde la tierra caliza ha cincelado figuras geométricas casi imposibles, donde el tiempo parece detenerse y todo se vuelve calma y bienestar, donde la paleta de colores que perciben los ojos es infinita. Ese territorio, al que, más que el de peculiar, le corresponden otros adjetivos como majestuoso, intrigante o magnético, comenzó a formarse en el periodo cuaternario, lo que quiere decir hace más de dos millones de años. Paulatinamente, los ríos que no tenían salida al mar fueron configurando valles que daban a un lago. Después, cuando esos ríos sí que encontraron el camino hacia su destino final, fue cuando se modeló el enigmático paisaje actual. Las badlands granadinas están llenas de rocas arrugadas, colinas mezcladas con depresiones y un ambiente árido, seco y con una importante oscilación de las temperaturas : como sucede en los desiertos –oficialmente el Geoparque no lo es, aunque está a poca distancia del de Tabernas, en Almería, de fisonomía bastante parecida- en verano hay temperaturas muy altas durante el día pero bajadas bruscas del mercurio en cuanto cae la noche. Aquello es tan grande, tan gigantesco, que el visitante puede experimentar la sensación de encontrarse absolutamente solo, algo que posiblemente no guste a la mayoría si es por un tiempo prolongado, pero que sin duda se agradece de vez en cuando para sacudirse el estrés. El único acompañamiento es el silencio, el ruido de los pasos al andar, la brisa que se cuela entre los pliegues de las rocas. Reconocido por la Unesco desde 2020 en su red mundial de geoparques, el de Granada es un sitio que hay que visitar desde el respeto y nunca como una invasión. Vale, es casi obligatorio llevarse una cámara de fotos o un buen móvil para inmortalizar estampas de una belleza distinta, casi exclusiva, pero los ruidos, las excursiones multitudinarias o las juergas, sin estar expresamente prohibidas, le vienen muy mal a ese entorno . No es lo suyo ir allí para eso, dicho de otra manera. ¿Qué se puede hacer allí, además de disfrutar de la tranquilidad y de las cosas que normalmente no están a nuestro alcance? Pues actividades no faltan, ni tampoco empresas especializadas que proporcionan lo necesario para disfrutar del Geoparque. Hay señalizadas rutas senderistas para recorrerlas andando, corriendo o en bici de montaña, como también pistas para recorrerlas en vehículos 4x4. Los más osados recurren a aventuras como pasar un fin de semana sin más recursos que los que puedan proporcionarse ellos mismos. Duermen al raso –hay que tener cuidado con eso, porque hay escorpiones- se buscan la vida para alimentarse y dedican el tiempo libre (o sea, todo el tiempo) en recorrer ese inmenso espacio con la pericia de la que sean capaz. Aunque todo tiene un final feliz: un autobús los recoge al final y los lleva a un asador cercano para que repongan fuerzas. Otra actividad bastante demandada consiste en sobrevolar la zona en globo . Para eso, el punto de partida es Guadix –una ciudad con un patrimonio extraordinario en la que merece la pena detenerse - y el viaje dura aproximadamente una hora y media, tiempo más que suficiente como para hacerse una idea todavía más clara de cómo es todo aquello. Quienes se han montado aseguran que no se siente vértigo y es, además, un paseo del todo ecológico. Aparte de que el viajero puede asesorarse antes de viajar, porque no le faltan páginas web y teléfonos de contacto en organismos como la Diputación de Granada, también puede ir allí un poco a la aventura, a descubrir por sí mismo los secretos de un sitio mágico. El caso es que cada cual se haga su propio viaje, pero que no se lo cuenten: mejor será que lo viva.