El cardenal Víctor Manuel Fernández ha advertido este miércoles a los lefebvrianos que el Papa no les da permiso para ordenar nuevos obispos y que si mantienen su propósito de hacerlo el próximo 1 de julio, quedarán automáticamente excomulgados y estarán fuera de la Iglesia. No es la primera vez que esta institución provoca un cisma. En 1988, su fundador Marcel Lefebvre ordenó cuatro nuevos obispos sin permiso de Juan Pablo II, que se lo había prohibido explícitamente. Entonces, en consecuencia, quedaron automáticamente excomulgados . Con santa paciencia, el cardenal Joseph Ratzinger negoció con ellos antes y después del cisma para intentar hacerles entrar en razón, pero no consiguió que cambiaran de opinión. En 2009, ya como Papa, Benedicto XVI levantó unilateralmente la excomunión confiando en la intención del grupo de reconciliarse con Roma. Ni antes, ni entonces, ni después, los lefebvrianos dieron algún paso en ese sentido, pues no cedieron a la Santa Sede ni una coma. La cuestión central es que rechazan de plano y obstinadamente todas las reformas realizadas por el Concilio Vaticano II, desde la libertad religiosa y el ecumenismo hasta el diálogo con otras religiones o la reforma litúrgica, que la Santa Sede considera centrales . Por eso, sus responsables temen que, si no cuentan con obispos propios, podrían perder la posibilidad de ordenar sacerdotes que, como ellos, sólo acepten celebrar misa y administrar sacramentos según la liturgia anterior al Concilio. Cuando comunicaron la próxima ordenación unilateral de nuevos obispos, en respuesta, el cardenal Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, les propuso que si la suspendían, abriría un diálogo «bilateral» para fijar unos «mínimos necesarios« para considerarse católico, que podrían incluir algunas de sus reclamaciones. También les ofreció «delinear un estatuto canónico de la Fraternidad», de forma que estén dentro de la Iglesia sin problemas. Dos semanas después, los lefebvrianos rechazaron esta propuesta y pidieron que se autorizara la ordenación haciendo «un uso del derecho canónico que sea pastoral, flexible y razonable». Según su interpretación, el Papa no tenía que aprobar necesariamente la ordenación de estos nuevos obispos pues no les pondría al frente de ninguna diócesis. «Pedimos a la Santa Sede comprensión», resumían. Tres meses más tarde, la Santa Sede comunica que no está dispuesta a ceder. «Se reitera lo ya comunicado», explica Fernández en una breve declaración distribuida este miércoles por la Sala Stampa. Significa que el Papa no les da permiso para ordenar nuevos obispos. Además, de nuevo el Vaticano les advierte alto y claro que si siguen adelante, «este gesto constituirá 'un acto cismático' y que 'la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios y conlleva la excomunión establecida por el derecho de la Iglesia'». El problema no es la sensibilidad tradicionalista sino el respeto a la autoridad del Papa y la falta de pruebas de buena voluntad. De hecho, existen otras instituciones tradicionalistas dentro de la Iglesia católica que no desobedecen al Pontífice y aceptan los principios del Concilio Vaticano II. Una de ellas es la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, que nació de una escisión «fiel a Roma» de los seguidores de Lefebvre. «El Santo Padre continúa en sus oraciones pidiendo al Espíritu Santo que ilumine a los responsables de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para que den marcha atrás en la gravísima decisión que han tomado», concluye con tono dramático la declaración de Fernández, el lenguaje que ellos pueden entender mejor.