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Jaime Urrutia: «Ni Nueva York, ni París, ni Venecia: nosotros cantábamos a Soria y a los bares»  

En 1986, la ola de modernidad se había vuelto hegemónica en la España de la Transición. Los miedos parecían disiparse completamente y los tiempos habían cambiado. Parecía que había que dejar todo atrás e inventarse un nuevo mundo de colores chillones y soñar con ser como los demás, imitarles un poco para ser aceptados, si hacía falta. Sin embargo, Gabinete Caligari había recorrido el camino inverso. Dejaron sus coqueteos con el postpunk cuando les tocó hacer la mili y se dieron cuenta de que no todo era modernidad: lanzaron el prodigioso EP «Cuatro Rosas». Aquel disco hizo historia al convertirse en el primer lanzamiento de una compañía independiente, Tres Cipreses, que logró ser disco de oro en España. La compañía, absorbida por DRO, tenía prisa por un nuevo trabajo: en dos meses, encerrados en una casa de un pueblo de Segovia, el trío formado por Edi Clavo, Ferni Presas y Jaime Urrutia ultimaron las canciones de «Al calor del amor en un bar», un disco irregular que contendría el mayor éxito comercial de la banda. Les apodaban «rock torero» por su casticismo y porque ellos, un tanto malencarados, «no cantaban sobre gilipolleces», como advierte Jaime Urrutia en el 40 aniversario de aquel trabajo, que este viernes vuelve a aparecer reeditado.

«Para mí es un trabajo de transición entre ‘‘Cuatro Rosas’’ y ‘‘Camino Soria’’, que creo que son más completos –dice el líder de Gabinete–. Pero fue un disco marcado por el tema que le da título, que se convirtió en un éxito tremendo. Tanto, que nos pidieron llevar la canción a Eurovisión», rememora el cantante sobre la canción que más veces ha cantado en su vida, «sin discusión». Urrutia, que ha vuelto a la carretera después de atravesar un periodo de salud complicada. «Aquel fue un tema muy particular, muy arriesgado para la época por la musicalidad y también por la letra. Hacer un ritmo de tarantela... no sé, se supone que éramos un grupo de rock, ¿no? Pues creo que estuvo bien arriesgar un poco». No era la primera vez que lo hacían: en «Cuatro Rosas» sonaba un clavicordio que evocaba un «rigodón bien temperado» como dijo Edi Clavo. Curiosamente, el tema parte de una caja de ritmos. «Poch, de Derribos Arias, me enseñó una maquinita que tenía que hacía secuencias y que me gustó. Y un día estábamos en Canarias y la vi muy barata, así que la compré. Recuerdo que tenía guardado un ritmo que se llamaba ‘‘Marcha’’ y que lo puse, y yo tenía una melodía y empecé a hacer la canción con eso. Se la enseñé a Edi y me miró un poco raro por la maquinita. A mí me venía muy bien para componer pero ellos le cogieron un poco de manía», recuerda Urrutia. Sonaba marcial, parecía un pasodoble, y no había pizca de ironía, sino de ambigua nostalgia, al borde de sonar demasiado antiguos. Fue un éxito brutal.

Alondras y barras

La letra la escribió en una noche. «Creo que es una canción de amor, más o menos. Es totalmente autobiográfica, porque en aquella época, al principio del grupo, quedábamos con nuestras novias los domingos por la tarde en los bares. No había más dinero, no teníamos para ir a cenar, ni a un restaurante, ni nada. Había para tres cañas, un paquete de tabaco y echar la tarde hablando de música. Y eso es lo que refleja la canción, una declaración de amor a una mujer y también a un lugar», cuenta Urrutia. La letra es fabulosa. Suena el carrusel deportivo, la televisión de fondo, se percibe el lenguaje de la barra y de las calles castizas. Hay dos «alondras», es decir, dos albañiles, que miran con desinterés. «Es costumbrismo puro. Yo no conocía Nueva York, no podía hablar de ello. De hecho, sigo sin conocerlo y no me interesa demasiado. Nos identificamos con eso, que hablamos de nuestra vida, de nuestros sitios». Pero no se trataba de abanderar ningún casticismo o patriotismo. «Para nada. No me puse a hacer una una canción diciendo ‘‘tengo que ser castizo’’ y tal y cual. Lo éramos. Porque nacimos en los barrios de Madrid. Así que no había nada de manifiesto. Hablamos de lo que nos interesaba, nuestra realidad. Yo no voy a decir gilipolleces en una canción, creo que se puede hacer una letra bonita diciendo cosas bien y serias, sin tampoco ser totalmente trascendente, ¿no? Prefiero ser costumbrista». En aquella época todo el mundo quería ser cosmopolita y moderno. «Claro, ya sabes: ‘‘El hombre lobo en París’’ y que ‘‘No hay marcha en Nueva York’’ y todo eso... Quizá Gabinete nos desmarcamos en ese sentido. Joder, vamos a hablar de Soria, que está ahí al lado, ¿no? Para mí sí había cierta reivindicación y algo que nos dio señal de identidad a Gabinete. Y me alegro, visto con el tiempo, porque creo que era algo muy personal». Por tanto, ¿les molestó la etiqueta del rock torero? «No, me gustaba, me gustaba. Sobre todo porque nos desmarcaba de estos grupos, ¿no? Y es cierto, yo fui aficionando porque empecé a ir a los toros con 6 y 7 años, que me llevaba mi padre, que era crítico taurino. Me gustó y les hice muy aficionados a Ferni y a Edi. Bueno, el rock torero, pues vale. Lo puso Patricia Godes, me parece, que me cae muy bien y sigo en contacto con ella todavía. Me parecía una marca diferente, estaba bien».

Su relación con la Movida fue desigual. Conocían bien a Eduardo Benavente, productor de sus primeros trabajos. «Bueno, y a Olvido, a los Berlanga, a Almodóvar, a Bernardo Bonezzi... pero ni nos integramos con todo eso, ni queríamos. Lo nuestro era otra cosa». Tenían una leyenda de tipos hoscos. «Es que lo éramos. Una vez una fotógrafa tuvo un ataque de nervios porque ‘‘le dábamos miedo’’. No éramos de sonreír ni de salir en las fotos saltando. Y bueno, teníamos estos tres ‘‘caretos’’... era una fama justificada».

Buenas noches, bares

Por Sabino Méndez

Para todos los que se criaron artísticamente en los ochenta era una obligación imprescindible escapar a lo convencional, huir de lo previsible. No hablo, por supuesto, de los artistas comerciales, ni de aquellos que lo único que pretendían era halagar a un público fiel para hacer caja. Yo me refiero, por el contrario, a los inquietos, a los que querían explorar caminos no pisados, abriéndose paso a machetazos en la jungla de la creación.

Entre los que intentaron gestar nuevos formatos de los clásicos sonidos y probaron a hibridarlos con sensaciones sutiles, poses parsimoniosamente provocadoras y textos que renovaran las percepciones ya desgastadas, los más conspicuos fueron indudablemente Gabinete Caligari. El grupo tuvo la suerte de tener al frente a un hombre, Jaime Urrutia, al que le gustaba cantar sus propias canciones. Y el universo personal de Urrutia en esas canciones era sensorialmente sofisticadísimo: emociones delicadísimas, prendidas con alfileres, suave sensualidad carnal y oscura, confesiones a calzón quitado de una vulnerabilidad orgullosa. Un manjar selecto y dichoso, en suma.

Urrutia disfrutó también la suerte de que sus compañeros de grupo lo envolvieran con un mundo de referencias cómplices, con guiños paralelos muy refinados, que realzaban el universo tan singular del compositor y lo protegían de la intemperie. Edi Clavo, el batería, reivindicaba las viejas motocicletas inglesas, el grupo recordaba con decisión la importancia de la elegancia indumentaria y nunca hacían ascos a explorar el enigma de arte y violencia que supone la tauromaquia. En todo ese ámbito, el marco que le proporcionaba su grupo, Jaime Urrutia pudo desenvolverse con comodidad durante varios años. Conocieron el éxito y las grandes ventas con un producto complejísimo, muy específico, que hicieron inteligible para un público masivo de una manera absolutamente inesperada. ¿Cómo lo consiguieron?

Pues quizá, probablemente, porque Urrutia nunca perdió de vista la música popular: esas tonadas, esas melodías elementales que, si envuelven como un regalo a narraciones reconocibles de la vida humana, el público las acepta con la misma naturalidad que las golosinas, por complicado que sea el nivel de lo que cuentan.

En el fondo, tendríamos que revisar todo ese fin de siglo de rock español, sistematizarlo, y seguramente podríamos rastrear que, en el seno de muchos grupos, se hallaban varias veces cantautores de retóricas absolutamente individuales con proyectos artísticos muy propios. Jorge Martínez de Los Ilegales, Josele Santiago de Los Enemigos, el propio Jaime Urrutia en Gabinete Caligari, eran en el fondo, cantautores anfetamínicos, eléctricos, que pintaban el mundo que veían con los sonidos electrificados de sus guitarras. Toda esa generación le dio el tiro de gracia con la electricidad a la figura del cantautor mesiánico, el hombre acústico que se obligaba a ser moralmente bienintencionado para justificar que nos aburriera mortalmente. Se ridiculizó para siempre esa figura, a pesar de que volverá cíclicamente, dado que la humanidad insegura siente debilidad por ser sermoneada por profetas. Pero difícilmente volverá a ostentar el cetro de la Historia y tendrá que justificar las debilidades de sus predicas a causa de las sátiras de todos esos creadores eléctricos. No hay sustancia más corrosiva en la química biológica que la mezcla resultante de electricidad, ritmo e ironía.

El territorio donde se realizó casi siempre toda esa labor de desmitificación canalla, fue indudablemente en los bares. Su marco fue la barra de un bar o el rincón acogedor y amoroso en la mesa de un establecimiento especializado en bebidas. Hoy probablemente ese marco se convertiría en una oficina de management o estudio de grabación. Pero, mientras tanto se culmina esa evolución, agradezcamos noblemente a los bares su contribución al pensamiento crítico.

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